Bienvenidos


BIENVENIDOS

Hace tiempo se creó un blog llamado “La Taberna Ilustrada” entre tres amigos que querían escribir (bueno, y dibujar y actuar y, a veces, incluso usarlo para ligar). Tras un intenso periodo de actividad que duro aproximadamente tres semanas, en las que se crearon muchas cosas, por desgana o por despiste todo quedó en el olvido y nunca se recuperó. Aquí os dejo el enlace: La Taberna Ilustrada

Ahora uno de ellos, el que suscribe, lo ha resucitado en solitario. La intención no es otra que compartir las tonterías que puedan llegar a salir de mi cabeza (quizá obligar a que salgan); incluso convencer a alguno de los antiguos componentes que colaboren y suban un poco (tampoco mucho) el nivel del blog.

lunes, 16 de enero de 2017

Amy - Dos (1/2)


-Un paraje desolador-

Miré hacia arriba y vi una cara sonriente mirándome. Ya me había acostumbrado a aquellos enormes ojos rodeados de pelo.
-Hola, Ka.
-Despierta, niña. Es hora de marchar.
-Síiiii, tranquila.

A pesar de todo me quedé un rato más mirando aquel despejado cielo de verano. ¿Hoy hacía un año que había comenzado mi viaje? ¿Se cumplió ayer? ¿Sería dentro de una semana? Los días pasaban rápidamente yendo de un lado a otro y llevar la cuenta comenzaba a ser difícil. Disfruté del calor de los rayos del Sol sobre mi piel. Mi piel tenía ya un color dorado de pasar tanto tiempo a la intemperie. Mi túnica seguía tan blanca como siempre y yo… Bueno, yo había pasado por demasiadas cosas.

Recordé el miedo que me había dado el simple aire exterior. Aunque ver morir a la gente también cambia tu perspectiva de la vida. Eso, y descubrir que como Muerte que eres, nadie puede dañarte. No tardé mucho en descubrir esa y algunas otras cosas…

Llevábamos ya tres semanas andando de aldea en aldea y no había tenido que volver a hacerme cargo de ningún muerto desde entonces. Tampoco había podido dormir. El ruido del viento nocturno, los animales correteando, la luna apareciendo y desapareciendo en el cielo, el duro suelo… Pasaba las noches tiritando y odiando mi suerte, atemorizada entre las mantas. Todas las mañana despertaba con un sobresalto por los zarandeos de Ka, sin haber dormido apenas.
Lo único que me gustaba de aquella nueva vida era el agua. Meterse en un río o una charca de agua cristalina y helada era un placer indescriptible. Empecé a coger gusto a la brisa matinal que me ponía la piel de gallina. Era el único momento en el que podía dejar de pensar. Al menos hasta que volvía al camino, el polvo empezaba a pegarse a mi cuerpo y los pies empezaban a doler. No obstante los caminos estaban cada vez más llenos de gente y la compañía hacia el viaje más ameno. Nos juntábamos a familias que me contaban su vida. A monjes errantes que hacían su caminar descalzos buscando penitencia. A comerciantes con sus carromatos. En todos ellos vi aquella maldita llama que me recordaba la brevedad de nuestra vida. Para el universo podía ser justa aquella repartición, pero empezaba a dudar de nuevo que fuese el mejor sistema. Lo más importante de todo, volvía a dudar que estuviese hecha para este papel por mucho que me hubiesen entrenado en el Templo. El momento de la cabaña del anciano había pasado.
El Templo… Que lejano resultaba ya. Y cuanto lo echaba de menos. Echaba de menos sus paredes sin ventanas. La seguridad de sus salas y sus enseñanzas. Echaba de menos a Niss y al resto de mis amigas. ¿Las volvería a ver en algún momento? ¿Se habrían olvidado de mí? Ka no me había dado la oportunidad de despedirme. Me sorprendí intentando recordar sus caras, casi sin conseguirlo y me odié a mí misma. ¿Cómo podía olvidar tan rápidamente todos aquellos años en el Templo? ¿En qué me estaba convirtiendo? Tal vez fuese parte de este destino tan particular que me había tocado vivir. Tal vez ser la Muerte me daba la capacidad de distanciarme de todos mis seres queridos. ¿Acabaría de verdad siendo la Muerte? ¿Un ser oscuro e implacable?

Un cambio en el paisaje me distrajo, dejando que el Templo volviese a sumirse en el olvido. En el horizonte empezó a despuntar un castillo aunque tardamos más de dos días en poder ver el castillo de cerca. Se alzaba sobre una gran ciudad amurallada. No obstante, las puertas permanecían abiertas a todo aquel que quisiese entrar… y pudiese pagar. Era el tipo de ciudad en la que el comercio había sustituido a la guerra como fuente de ingresos. Sus murallas sólo servían como aduana y puesto de control para los indeseables.
-Ka… ¿Cómo pensamos pagar la entrada?
-¿Pensamos? Olvidas que nadie puede verme. ¿Desde cuándo una muralla ha detenido la llegada de la muerte?
-Ya me explicarás cómo.
-Chiquilla, ahora eres lo que eres.
-Entonces…
-Cariño, mira en tus bolsillos.

Hice lo que me indicaba y ante mi sorpresa escuché el tintineo de las monedas. En el Templo nunca habíamos necesitado dinero. Pensándolo bien… Nunca había visto a nadie traer provisiones ni cultivos de ningún tipo. La comida simplemente estaba ahí; y la ropa; y los muebles… Aquel dinero simplemente también estaba ahí. Se me hizo extraño sentir el tacto del metal entre mis dedos. Abrí la palma dejando al descubierto cinco monedas de plata llenas de tierra.
-Ves, niña. No tienes que preocuparte. Muere mucha gente sin que nadie reclame sus pertenencias. Todo ello, al final, es tuyo.
-¡Agh!-exclamé tirando las monedas al suelo-. ¡Es como robar a los muertos!
-No seas tan mojigata.
-Aún me queda algo de dignidad. No pienso usarlas.
-¿¡Qué sabes tú de dignidad!?-exclamó en uno de sus característicos cambios de humor-. ¿Has matado a ese hombre para quitarle las monedas de su cuerpo aún caliente? ¿Has tenido que robar para alimentar a tu familia? ¿Has tenido que venderte al mejor postor para sobrevivir? ¿Qué dignidad te has ganado? ¡Recoge el dinero!
-¡No! Sigue siendo robar-la gente empezaba a mirarme.
-Es el pago por tu trabajo. No eres una esclava a la que se la obligue a hacer las cosas. De donde venga el dinero es algo que sólo le corresponde a Bob decidir.
-¿¿¡¡Qué no me han obligado!!??-exclamé esta vez indignada-. Bob nunca me preguntó así que… ¡Lo dejo!

Me di la vuelta con la cabeza bien alta haciendo caso omiso a todos los que me observaban con cara perpleja. Para ellos sólo era una loca gritándole al aire. En ese momento ni siquiera me di cuenta de las risitas de los niños ni de los cuchicheos de los ancianos. Sólo podía pensar en lo enfadada que estaba. Irracionalmente sólo pensaba en volver a mi amado Templo. En lo desagradable que iba a ser el camino de vuelta durmiendo a la intemperie. En lo injustos que habían sido conmigo. Tan sumida iba en mi burbuja de ira que casi me choco con Ka, que de alguna manera me había adelantado. Baje la cabeza con mirada airada y sólo vi luces. El dolor llegó más tarde. Nunca en mi vida me habían abofeteado. Mucho menos me había abofeteado un ánima con toda la fuerza de su naturaleza mágica. Durante un segundo lo vi todo negro y estuve a punto de desmayarme. Conseguí controlarme y me centré lo suficiente como para darme cuenta de que estaba sentada en el suelo. Mi cara ardía como si me hubiesen puesto un ascua al rojo vivo en la mejilla.
-No te lo repetiré dos veces-escuché a través de un pitido en el oido la voz engañosamente calmada de Ka-, esto no es un trabajo que se pueda rechazar o elegir. El universo depende de ti y el mismo universo te devolverá con creces tu tarea. No seas tan idiota o ingrata como para rechazarlo. Ahora levántate, recoge lo que has tirado y entra en esa maldita ciudad antes de que decida darte otra lección.

La miré obcecada y me quedé en el suelo. No pensaba echarme atrás. ¡Qué se fuese a la mierda el universo! Yo estaba harta.
-¿Esas tenemos? Déjame enseñarte algo…

Sus ojos se clavaron en los míos y se repente todo a nuestro alrededor cambió. Un erial desértico nos rodeaba. Las grietas atravesaban el suelo como heridas en la faz del planeta. No había nubes, tan sólo un cielo rojizo y cubierto de polvo. Al fondo las montañas echaban humo por su cumbre.
-¿Sabes qué es esto?-me preguntó Ka sacándome de mi ensoñación.
-No…
-Es el mundo sin Muerte.
-Pero sin Muerte sólo puede haber vida.
-No te confundas, niña. Todo el mundo muere. La vida y muerte de las primeras criaturas consiguió que puedas respirar. La muerte de las grandes criaturas dejo paso a vuestra pequeña existencia. La muerte consigue que el mundo no se llene de vivos luchando por su minúsculo pedazo del pastel.
-¿Este mundo está muerto?
-No lo has entendido, querida. Este mundo no puede estar muerto porque nunca estuvo vivo. La existencia de la muerte implica la existencia de la vida y viceversa. Este mundo simplemente… Está.
-¿Yo tengo que traer el equilibrio a algo? Si no sé ni cómo es el mundo o quién soy yo. ¿Por qué yo?
-Ay, pequeña… Esa es la pregunta que se hace todo el mundo a lo largo de su vida-su voz sonaba triste y cansada-. No se dan cuenta que la pregunta correcta es “¿Por qué no?”
-¿Por qué no?-pregunté extrañada.
-Sí, por qué no intentarlo, por qué no probar, por qué no arriesgar, por qué no voy a ser yo… ¿Qué pierdes por intentarlo?
-¿Porque tengo miedo?
-Pues supéralo y sígueme dentro.

El mundo volvió a la normalidad según me giré para seguirla. La veía tan apesadumbrada que no supe como negarme. Había hecho más con un gesto de tristeza que con todas sus visiones. Me sumí en mis pensamientos. Algo que hacía mucho últimamente. Supongo que, al ser mi única realidad un ser pequeño y peludo al que nadie podía ver, tenía que desarrollar un rico mundo interior.
“¿Por qué no?”
¿Por qué no ser la Muerte? Porque era extraño y daba miedo. La Muerte era un ser de leyenda. Un ser oscuro que recogía almas para llevarlas al paraíso o a la perdición. No una chica vestida de blanco.
¿Por qué no coger las monedas del bolsillo? Porque habían pertenecido a alguien que ya estaba muerto. No me las había ganado.
¿Por qué no dejarlo todo? Volvería a mi vida de siempre. A lo conocido. Al Templo y la conocida seguridad.
Sin embargo… ¿Por qué no probar? ¿Dejaría que el universo se fuese al garete? (aunque tenía serias dudas de que eso fuese a pasar). Había conocido más del mundo en esas tres semanas que en toda mi vida en el Templo. Si lo pensaba bien… El Templo sólo era un sitio en el que me sentía a salvo y ya empezaba a disiparse en el olvido. Aquellas tres semanas hablando con la gente habían sido como años de enseñanzas, los baños matinales me habían descubierto la belleza del amanecer y las conversaciones con Ka una extraña visión del mundo. No sabía si quería perder todo aquello. Así que… ¿Por qué no probar?
Aunque seguía estando el tema de las monedas. No veía bien cogerlas. Era dinero de los muertos… Bueno, pues al demonio. Era la Muerte. Ya me había llevado sus almas –al menos alguien antes que yo- así que me llevaría también su dinero. Si iba a hacerlo sería con todo lo bueno y lo malo.

La mano del guardia me detuvo en seco. A mí y a mis pensamientos.
-Tú eres la loca de los gritos… No queremos problemas.
-Tengo dinero.
-Eso no resuelve tus gritos.
-Verás… He… “Sufrido” una muerte recientemente. Necesitaba desahogarme. Siento haber causado problemas.
-Si algo sucede en el interior de la ciudad acabarás en la cárcel, ¿entendido?
-Sí, señor.
-¿Cuáles son tus intenciones en la ciudad?
-Estoy de paso.
-Debería dejarte entrar gratis pero después del espectáculo que has dado…

Vi su mano extendida y con un suspiro deposité un par de monedas de plata en ella. En realidad, aquello debía ser tan normal que el soldado ni se molestó en disimular. Las mordió y las miró atentamente. Una extraña expresión se le dibujo en la cara.
-Esta moneda…
-¿Algún problema?
-Es muy  antigua. No es que no valga pero… Es raro encontrar una moneda así tan bien conservada-siguió hablando mientras yo seguía mi camino disimuladamente.

No obstante, el bullicio de la ciudad me detuvo. Había demasiada gente. Carros con caballos. Tiendas y tenderetes. Mendigos. Todos corriendo de un lado a otro como pollos sin cabeza. Todos con su llama encima de la cabeza. La ciudad parecía arder con toda aquella luz saliendo de las calles. Por un momento me mareé. Duró lo justo para ver una figura jadeante corriendo hacia mí. Si no se hubiese detenido justo antes de chocar conmigo me habría llevado de vuelta  fuera de la ciudad. Tardó unos segundos en recuperar el aliento antes de poder hablarme:
-Sacerdotisa… Ne… Necesitamos que… Vengas al castillo.

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