Bienvenidos


BIENVENIDOS

Hace tiempo se creó un blog llamado “La Taberna Ilustrada” entre tres amigos que querían escribir (bueno, y dibujar y actuar y, a veces, incluso usarlo para ligar). Tras un intenso periodo de actividad que duro aproximadamente tres semanas, en las que se crearon muchas cosas, por desgana o por despiste todo quedó en el olvido y nunca se recuperó. Aquí os dejo el enlace: La Taberna Ilustrada

Ahora uno de ellos, el que suscribe, lo ha resucitado en solitario. La intención no es otra que compartir las tonterías que puedan llegar a salir de mi cabeza (quizá obligar a que salgan); incluso convencer a alguno de los antiguos componentes que colaboren y suban un poco (tampoco mucho) el nivel del blog.

martes, 17 de enero de 2017

Amy - Dos (2/2)

-El fantasma-

Sabían de mi llegada desde hacía un tiempo. Mi túnica no era tan sutil como yo pensaba y los rumores en los caminos corrían más rápido que las personas. Parecía que la ciudad llevaba años mandando cartas al Templo para que les enviasen una sacerdotisa. Por supuesto, el Templo nunca mandaba a ninguna sacerdotisa fuera del Templo. Así que aquellas cartas debían haberse perdido en el olvido. Me pregunté si no tendría razón Ka al decir que los viejos tiempos eran mejores.

Aquel extraño personajillo que me había recogido no podía ser humano. Al menos no del todo humano. Se reconocían las formas básicas de alguien perteneciente a nuestra raza: dos manos, dos brazos, una cabeza… Ahí acababa todo. Parecía no tener barbilla ninguna, como si la cabeza fuese una extensión más del cuerpo. Todo el cuerpo era enfermizamente delgado. Su tamaño no ayudaba. Y los rasgos… Bueno, simplemente no parecían encajar unos con otros. Parecía que hubiesen cogido partes sobrantes de distintos cuerpos y los hubiesen juntado a ver qué pasaba. Era difícil mirarle durante más de cinco segundos seguidos sin sentir una sensación de incomodidad. Una vez recuperado el aliento no paró de hablar todo el camino. Entre frase y frase conseguí atrapar su nombre, Edwin. El paseo hasta el castillo se convirtió en un monólogo sobre los accidentes que habían surgido desde la muerte del conde. Ya habían muerto dos familiares, tres criadas, cuatro pajes y una cabra. A la cabra la incluía porque había sido una muerte muy sospechosa y era una especie de mascota de la guardia del castillo. Todas las muertes parecían accidentes pero las probabilidades de que pasasen tantos en tan poco tiempo eran muy remotas. Uno de los pajes se había caído tres veces por una escalera. Consecutivas. La misma escalera. La cabra se había subido al árbol más alto del castillo y se había tirado… con una cuerda al cuello. Desde luego era sospechoso. La multitud de detalles que daba el hombrecillo era perturbadora y no paró hasta llegar al castillo.

El castillo… Era el primero que veía en mi vida. Más tarde he descubierto que no era de los más grandes. Si un niño pequeño dibujase un castillo lo haría como ese. Cuatro torres con sus almenas. Una gran puerta. Los niños siempre se olvidan de la gran torre en medio del patio. Si lo hubiese comparado con el Templo me hubiese dado cuenta que era diminuto. Pero claro, del Templo sólo se veía la puerta y… Está en una montaña. Una montaña ES grande. Pero en aquel momento aquel castillo me pareció lo más grande que había visto nunca.

La sombra de los muros nos atrapó en cuanto entramos al interior. Unas pocas antorchas iluminaban los pasillos, pero eran insuficientes para darle una verdadera calidez. Aquel ser vagamente humanos nos guió como un pequeño duende a través de salas y pasillos hasta llegar ante unas puertas de madera. Las abrió sin ningún tipo de ceremonia y entramos a las estancias privadas del conde, que se encontraba metido en una enorme cama, arropado hasta la barbilla y temblando. Cuando vio quien éramos consiguió encontrar la suficiente dignidad para incorporarse.
-¡Por fin! Bienvenida. Perdona que no me levante. Es peligroso.

Según se incorporaba vi como una mano salía de la pared y una espada que colgaba encima de la cama calló justo donde antes estaba su cabeza. El conde saltó de la cama y se refugió en mis brazos. Le miré sorprendida. Aunque sus ojos emanaban un pánico que rozaba la locura, la llama de su cabeza ardía con fuerza.
-Tranquilo. Todavía te queda mucho por vivir.
-No te confíes con los fantasmas-escuché la vocecilla de la conciencia, interpretada por Ka, a mi espalda.
-Muchas gracias sacerdotisa. Es un alivio. Aun así, permíteme que siga cerca de ti hermana…
-Llámame sólo Amy.
-Bienvenida a Baltikar. Yo soy Pete, el conde.
-Encantada. Podría…
-¿Has venido a librarnos del fantasma, sacerdotisa?-Continuó sin prestarme atención.
-Supongo…
-Bien, bien... Tendrás todo lo que requieras. No repararemos en gastos ni en esfuerzos para ayudaros.
-Por supuesto…
-Por supuesto, tendrás acceso a todo el castillo y Edwin estará disponible para vos en cualquier momento.
-Claro, pero…
-Pero querréis descansar para poneros en seguida con vuestra tarea. Os dejaré descansar mientras yo me quedo aquí… Seguro…
-Pero…

Me hicieron salir sin dejarme decir mucho más. Mientras salí oí agitación y los gritos del conde <<¡Sacad de aquí todos los objetos afilados!>>. Me sorprendió como alguien podía llegar a aquel nivel de preocupación.
-¿Qué te parece, cariño?-me preguntó Ka.
-Está loco. De terror.
-Sí. Suele pasar cuando todo un castillo quiere matarte y todo el mundo muere a tu alrededor.
-¿Por qué un fantasma querría hacer eso?
-Quién sabe… A lo mejor ni siquiera sabe que está muerto… Vas a tener que hacer algo, niña.
-¿Yo?
-¿Para qué te explico yo las cosas?
-Ya, ya… Soy la Muerte, ¿no?
-Exactamente. Nadie puede quedarse allí donde no debe estar. Cosas de la física. Cuerpos extraños. Resonancias cuánticas…
-Ka…
-Dime, cariño.
-¿Sabes que la mitad de las cosas que dices no las entiendo?
-Muchas de ellas no las entiendo yo. Después de haber vivido tanto tiempo escuchas muchas cosas. Algunas parecen tan complicadas que deben ser verdad.
-Ya… Pero la que tiene que encargarse del fantasma soy yo, ¿no?
-Eso es-confirmó asintiendo con gravedad.

Durante los siguientes días nos enteramos de la historia del castillo. Durante mucho tiempo el conde del asentamiento, Seigmour, convirtió un pequeño castillo en una próspera ciudad comercial, aprovechando las fértiles y extensas tierras de la zona. Bajó los diezmos, construyó edificios e incluso de vez en cuando se tomaba una cerveza con la gente que le rendía pleitesía. De repente, murió. No era viejo, ni estaba enfermo. Sólo murió. Su esposa murió sin darle hijos y sólo le quedaba un hermano, Pete, que ahora vivía aterrorizado.
Sólo Ka y yo podíamos ver la mano transparente que intentaba atentar contra los habitantes del castillo. Caballos desbocados que casi atropellaban a los mozos, salseras derramadas ante las escaleras e incluso cristales rotos en las letrinas. El conde no salía de sus aposentos en los que ya sólo quedaban la cama y dos sirvientes de confianza.

Los días pasaban a base de extraños sucesos y largos paseos. Cuando llegábamos al lugar de los hechos ya no quedaba nada que ver. Por suerte, parecía que con nuestra presencia al fantasma se le habían quitado las ansias de sangre. En ningún momento volvimos a ver al conde, que no salía ni dejaba entrar a nadie. Nuestra única compañía era Edwin, que a pesar de ser un hablador incansable, se las apañaba para contar siempre cosas entretenidas y nuevas sobre el castillo.
Volver a estar entre cuatro paredes estaba ayudando mucho con mi agorafobia. Era justo el punto intermedio que necesitaba. Un lugar cerrado en el que volver a sentirme segura, pero en el que no estaba prisionera. Desde ahí podía ir al pueblo y acostumbrarme al aire libre, a la gente, al ruido y a todas las nuevas sensaciones que estaba viviendo. Desde luego, dormir en una cómoda cama todas las noches no estaba haciendo ningún mal.

Finalmente, casi por casualidad, vimos como una figura, casi una sombra, atravesaba una de las librerías de la biblioteca del castillo. Al acercarnos no vimos nada extraño pero entonces nuestro extraño anfitrión parlanchín y cuasi humano apareció a nuestra espalda:
-¿Habéis descubierto los pasadizos?
-¿Los pasadizos?-le pregunté extrañada.
-Sí, el viejo conde solía pasear mucho por ellos. Decía que le ayudaba a pensar.
-¿Sabes cómo se entra?
-¡Claro! Todo el mundo lo sabe. Bueno, no todo el mundo. Todo el que trabaja en el castillo y quiere ir al pueblo sin permiso; las esposas y las “amigas” que quieren venir a hacer una visita; y creo que el lechero hace el reparto por ahí.
-Y… ¿Nos dices cómo?
-¡Ah, sí! Perdón.

Se acercó a uno de los libros y lo empujó con suavidad haciendo que toda la sección de la librería se abriese como una puerta. Se disculpó y se fue corriendo a hacer alguna tarea importante y urgente, dejándonos de frente a un pasillo oscuro y de piedra. Me recordó a mis últimas horas en El Templo.
Avanzamos lentamente, pasando por pasillos que cruzaban y sin saber muy bien a dónde íbamos. Ka se mantenía sorprendentemente callada.
-¿Te pasa algo, Ka?
-No-noté un tono extraño en su voz.
-¿Seguro?
-Niña… No te metas donde no te llaman.
-Tienes… ¿Miedo?
-¡No! Deja de decir tonterías.
-Ka…
-Son estas paredes. A las ánimas nos gustan los espacios abiertos. No soporto estar encerrada. Cállate y sigue andando.

No quise seguir insistiendo, pero era gracioso pensar que aquel ser de cientos de años de edad pudiese tener claustrofobia mientras que a mí me asustaba el exterior. Después de tanto meterse conmigo y obligarme a enfrentarme a ello, resultaba que Ka era igual que yo. Me lo apuntaría para una mejor ocasión.
Aquellos pensamientos desaparecieron en cuanto vimos algo que giraba una esquina y corrimos hacia ahí. Tras unos minutos llegamos a un cuarto completamente amueblado con una cama, un escritorio, un armario… Y sentado en la cama, una figura transparente, de un color azulado y sujetando una ballesta… Una ballesta muy real. Sólo llegue a escuchar una cuerda destensada antes de que todo se volviese negro.

Desperté en un lugar completamente blanco. No tenía muy claro si estaba de pie o flotaba. Parecía que el suelo era sólido y la vez que no había nada. Unas pisadas se acercaban y una sombra empezó a solidificarse ante mí. Cuando fue del todo visible sólo pude decir:
-Hola, Bob.
-Oh, Amy. Qué placer más esperado. ¿Tan pronto por aquí?
-Supongo que no lo he hecho muy bien como Muerte. Estoy muerta, ¿verdad?
-Que irónico. Pero no, no lo estás haciendo tan mal. Tampoco estás muerta ahora que lo dices.
-¡Me acaban de disparar una flecha!
-Sí, sí. He aprovechado la tesitura para hablar cinco minutos contigo. Pero… ¿De verdad pensabas que un palo de madera podía hacerte algo? Si todavía te hubiese dado en la rodilla tu aventura podría haber acabado… Creo que me estoy equivocando de historia. Últimamente no me separo del ordenador y se me mezclan las ideas. No paran de decirme que estoy desaparecido. Hay gente que dice incluso que he muerto.
-No tengo ni idea de qué estás hablando…-empezaba a aceptar que Bob estaba un poco loco y sólo había que dejarle hablar.
-Normal, a veces ni yo entiendo lo que digo. Me dejo llevar. ¿Qué tal te va?
-Me has obligado a ser la muerte, tengo un bicho mandón siempre conmigo y… ¡Ah, sí! Me acaban de disparar. No me va mal.
-Bien, bien. Así me gusta. Que hagas las cosas con ilusión.
-No has escuchado nada de lo que te he dicho, ¿verdad?
-Tienes toda la razón. Pero no te preocupes, ahora ya has descubierto algo nuevo. ¡No puedes morir! ¿No es maravilloso?
-Bob…
-Sí, sí. Sé que es extraño. Pero qué gracia tendría que un ser mitológico antropomórfico creado por la mente conjunta de la población humana desapareciese tan fácilmente.
-Entonces, ¿ahora qué?
-No esperes que cada vez que decidan matarte esté aquí para deleitarte con mi conversación. Desde luego, espero que intentes evitar en la medida de lo posible más accidente. Hay gente que acaba cogiéndole el gusto al dolor… No seas así. Me decepcionarías mucho.
-Acabaré teniendo el cuerpo lleno de agujeros…
-¡No, mujer! Espera, estoy dando por hecho que eres una mujer… Van a crucificarme por esto… No, eso era a mi hijo… Creo que he vuelto a liarme…
-Bob, ¡céntrate!
-Perdón, perdón. No te pasará nada. Te curarás de todas las heridas que te hagan. Ahora vuelve ahí y haz tu trabajo-dijo mientras me empujaba.

Sentí una sensación de caída que duró unos segundos. Estaba en el suelo. Notaba algo raro en el pecho. Al mirar vi a Ka intentando sacarme una flecha profundamente clavada. Poco a poco fui sintiendo dolor. Por lo visto era inmortal pero no insensible. Aparté al ánima de un manotazo y sin pensarlo mucho me arranqué la flecha con todas mis fuerzas. El latigazo de dolor fue intenso, pero pasó al poco. Cuando volví a mirar, ya no había herida y la túnica seguía de un blanco impoluto a pesar de un nuevo agujero que me tocaría arreglar.
-¡Eso ha dolido!-le grité al fantasma mientras me incorporaba.
-¡¡Mierda!! ¿Qué eres tú?-intentaba recargar su ballesta nerviosamente.
-Soy Amy. No vuelvas a dispararme. No es agradable.
-Y jodidamente inútil, por lo que veo.
-Eso parece. ¿Quién eres?
-Parker conde de Baltikar.
-¿Otro conde más? ¿Cuántos hay?
-Antiguo conde al menos. Desde mi muerte no se me da tan bien como antes dar órdenes.
-¿Entonces sabes que estás muerto?
-Claro. Atravieso paredes, soy de color azul y nadie puede verme. No hay que ser muy listo. Podrías presentarme a tu curiosa compañera. Sólo había visto un ánima en libros.
-¡Por fin alguien con dos dedos de frente!-exclamó Ka-. Me llamo Ka, encantada. Para ser un fantasma, empiezas a caerme bien.
-Gracias. Ahora-empezó dirigiéndose a mí-, vas a explicarme cómo cojones puedes verme y por qué te acompaña un ser de leyenda.
-Soy la Muerte y vengo a por ti-intenté usar mi tono más solemne.
-Llevo más de veinte años aquí y ninguna niñata va a sacarme. No hasta que acabe con ese malparido de Pete.
-Más respeto…-dije sin mucha convicción-. ¿Por qué quieres acabar con él?
-Porque asesinó a mi hijo. En vez de ser castigado, ahora es el conde.
-El anterior conde murió de muerte natural.
-Es natural que te mueras cuando te ponen veneno en la copa, eso es cierto.
-Pero, ¿por qué matas a otras personas?
-Bueno, si no puedo con él, tendré que hacer de su vida un puto infierno. Vivirá con miedo hasta que muera.
-Lo entiendo-intervino Ka-, pero quién ocupará el puesto de conde si Pete muere. No queda nadie que herede. ¿No es mejor que dejes que Amy te dé el descanso y haya estabilidad en Baltikar?
-Por encima de mi frío cadáver. Heredará ese chiquillo, el que es un poco raro que trabaja como paje… Nunca me acuerdo de su nombre… ¡Edwin!
-¿Por qué él?
-Pete puede ser imbécil, pero en el pueblo todos saben quién es su padre. Mi hijo no usaba estos pasadizos sólo para pensar.
-Aun si consigues tu venganza, ¿cómo podemos estar seguras de que vendrás con nosotras?
-Os doy mi palabra, si eso os vale.
-¿La misma palabra que has usado al jurar vengarte?-preguntó Ka.
-La misma.
-Entonces deja de intentar matarle y haz que Edwin reclame el trono.
-¿Ese chico? No sabría ni por dónde empezar.
-Solo no, pero el pueblo le apoyará. Siempre podemos darle un empujoncito entre los tres.
-Tal vez sea posible…

-Venganza-

Ciertos rumores empezaron a surgir entre los habitantes sobre un heredero perdido. Todos sabían a quien se referían pero nadie tuvo el valor de decirlo al principio. El conde pasaba los días encerrado y la falta de un líder aumentaba el desasosiego. El ambiente de descontento empezó a crecer. Era un enigma si el dirigente era consciente de ello.
Los criados del castillo, alarmados todavía por la ola de muertes, sospechaban de una intervención divina, que parecían señalar en mi dirección. Apareció una botella de veneno en las cocinas, que nadie recordaba que estuviese ahí. El cocinero acabó confesando entre lágrimas que el conde Pete le había coaccionado a que la mantuviese ahí. Creía alguien se habría deshecho de ella, pero ahora había vuelto a aparecer para torturarle con la culpa. Se ataron cabos. Las desapariciones de Pete a altas horas de la noche para reunirse en los jardines con personajes encapuchados, que todos habían creído cortesanas; su insistencia a revisar todos los platos de su hermano antes de que llegasen a su mesa, aunque no había sospechas de ningún peligro; se recordaron actuaciones parecidas antes de la muerte de la esposa de Seigmour; un largo etcétera apareció mezclado con invenciones y habladurías.

Observé todos estos acontecimientos con sorprendente frialdad. Desde el principio no me cayó bien el conde, pero no justificaba mi desapego ante la caída en desgracia de una persona. Cuando las hordas de aldeanos se levantaron para tomar el castillo, llevando en alzas a Edwin, les acompañé hasta las dependencias del conde. Al abrir la puerta vimos al conde en camisón sujetando una espada, prácticamente el único objeto que quedaba en la habitación aparte de la cama. Sólo yo podía ver una figura traslucida sonriendo en una esquina.
-¡Malditos plebeyos!-gritaba el conde-. ¿¡Os atrevéis a invadir mis habitaciones privadas!?
-Por lo visto asesinaste a mi padre… O eso dicen…-contestó Edwin dudoso.
-¿Tu padre?
-El conde… ¿Seigmour?
-¿¿¿Tú eres su hijo??? Jajaja. ¿Tengo que creérmelo?
-Idiota-sonó entre la multitud-. Todos lo sabíamos.
-¿Qué vais a hacer? ¿Matarme?

La turba empezó a avanzar furiosa y decidí intervenir.
-¡Gentes! ¿Sabéis quién soy?
-¡La sacerdotisa! Tu magia ha hecho que veamos la verdad.
-No debéis matar a este hombre-miré de reojo al fantasma, que parecía sorprendido-. Si le matáis no seréis mejor que él. Encerradle, exiliadle o ridiculizadle, pero no cometáis un asesinato del que podáis arrepentiros.
-¡Pero es un asesino!-sonó un grito entre la multitud.
-¿No es mejor que sufra el resto de su vida en la cárcel a darle un final rápido?-les repliqué.

Los gritos empezaron a dividirse en contra y a favor. Al menos los ánimos asesinos parecían irse calmando a favor de una buena discusión de taberna. Entre todos los ruidos sonó una voz:
-¡Parad! El conde intenta escapar. Atrapadle para que pueda tomar una decisión.
-¿Quién eres tú?
-Edwin, idiota. Me conoces de toda la vida. Si queréis que sea vuestro nuevo conde, al menos deberíais obedecerme. Yo digo que debe vivir.
-Pero…
-Debe vivir como el bufón del pueblo. Quiso llegar a lo más alto y lo que conseguirá será estar por debajo de todos. Será vuestro para que os riais de él y os divirtáis. Pero nada de matarlo, que ya nos conocemos…

Sorprendentemente, el tiempo demostró que Edwin era un dignatario capaz e inteligente, aunque difícil de mirar. Fuimos a hablar con Parker, el fantasma y le encontramos fumando pipa en la misma habitación en la que le vimos por primera vez.
-¡Ah, la sacerdotisa! Bienvenida. ¿Fumas? A mí ya no me sabe a nada pero me gusta recordar mi época de vivo.
-No, gracias. ¿Estás contento con el resultado?
-¡Demonios! Al principio no me convencía pero después de ver a Pete vestido de colorines, rebozado en mierda la mitad del día y vapuleado la otra mitad, contento es poco.
-Pues es hora de irse.
-¿Irse a dónde?
-Eso no lo sé. Al otro lado, supongo. No puedes seguir aquí.
-¿Decías en serio lo de la muerte?
-Por desgracia para mí, sí.
-Supongo que aquí no queda nada para mí. Aunque no me haya vengado personalmente, se ha hecho justicia. Es otro tipo de venganza. ¿Qué tengo que hacer?

Yo tampoco lo sabía muy bien, pero le miré a los ojos. De nuevo me invadió aquella extraña sensación. Veo una infancia de caballero llevando escudo y espada; viajando por lugares que nunca antes había visto. La guerra. Horrible, sangrienta y muy distinta de cómo nos la pintan en las gestas. El castillo que sirvió de premio a la victoria. Un hijo, el primero, tan esperado y amado por encima de cualquier otra cosa. Un hijo que se hace mayor y me llena de orgullo cuando hace que el pequeño castillo de la familia se convierta en un lugar hermoso y lleno de vida. La muerte de mi esposa. Hace años que la relación se enfrió, no es una perdida dolorosa. La muerte… No hay ningún camino después, demasiado atado a la realidad y al amor hacia mi hijo. Sólo quiero seguir viéndole crecer… Hasta que muere sin sospechas bajo el veneno de un mal hermano. Por último, unos ojos verdes y nada más…

Ha pasado casi un año desde el conde… Aprendí que no podía morir y vi un poco de la naturaleza humana. Un año en el que había visto la muerte de campesinos y señores; fantasmas perdidos en la tierra desde hacía cientos de años y que sólo repetían el mismo camino una y otra vez, asustando a los mortales; actos heroicos que modificaban el destino de las personas a pesar de que ella ya estaba preparada para llevárselos; tantas cosas… Pero había que continuar y ver muchas cosas más.

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