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Hace tiempo se creó un blog llamado “La Taberna Ilustrada” entre tres amigos que querían escribir (bueno, y dibujar y actuar y, a veces, incluso usarlo para ligar). Tras un intenso periodo de actividad que duro aproximadamente tres semanas, en las que se crearon muchas cosas, por desgana o por despiste todo quedó en el olvido y nunca se recuperó. Aquí os dejo el enlace: La Taberna Ilustrada

Ahora uno de ellos, el que suscribe, lo ha resucitado en solitario. La intención no es otra que compartir las tonterías que puedan llegar a salir de mi cabeza (quizá obligar a que salgan); incluso convencer a alguno de los antiguos componentes que colaboren y suban un poco (tampoco mucho) el nivel del blog.

miércoles, 11 de enero de 2017

Amy - Prólogo (1/2)


Vamos a empezar retomando lo último que apareció en "La Taberna Ilustrada", por lo que la primera semana de vida de esta nueva taberna va a ser activa:


-Comienzo-

Abrió los ojos a la tenue luz del amanecer. Hoy era el gran día. Ni siquiera se sentía adormilada a pesar de la hora. Lentamente, casi sin pensar, se levantó y se puso la suave túnica blanca. Hacía años que conocía aquella tela, conocía cada uno de sus pliegues y roturas, cada una de sus asperezas y cosidos. Se la habían entregado el primer día que llegó al Templo. A cambio entregó todas y cada una de sus pertenencias. La dijeron que nunca más necesitaría nada que no fuese aquella túnica. Y así había sido. Se mente se perdió con nostalgia en las brumas del pasado…

Su menuda mano sudaba entre los dedos de su madre mientras se acercaban a las imponentes puertas del Templo. El Templo con mayúscula. Uno de los dos únicos centros que existían en todo el mundo de nuestra religión. Una religión sin nombre, sin ritos, sin donaciones, sin profetas, sin castigos…. Una religión que tan sólo contaba con las sacerdotisas del Templo, los monjes del Monasterio y un libro de enseñanzas. Sin embargo, la religión más extendida y seguida del mundo.

Trece años, oscuro pelo recogido en una discreta trenza, burdo vestido de lana, ojos verdes brillantes pero llorosos… Con su mano sudada entre los dedos de su madre, se dirigía hacia la puerta de ese Templo. Era demasiado pequeña para saber lo que la esperaba, sólo sabía que la iban a separar de su familia, una familia con demasiados hijos y poco dinero. Nunca más volvería a verlos, eso se lo habían repetido hasta la saciedad obligándola a aceptar una realidad demasiado dura para su edad. Se lo habían repetido pero no podía evitar que las lágrimas siguiesen corriendo por sus mejillas.

Las puertas de madera negra se abrieron a su paso sin un solo ruido. Era extraño como un objeto de tal tamaño podía moverse con tal quietud. Aquello hizo que secase sus ojos con el dorso de la mano y mirase boquiabierta a todos lados, olvidada por un segundo su tristeza. La estancia a la que entraban era inmensa, prácticamente vacía; sólo una hilera de puertas en la pared del fondo. El techo se perdía en las alturas y no parecía que nada lo sujetase. La pequeña niña tardó unos segundos en comprenderlo. No estaba entrando a un edificio. Aquellas puertas que había atravesado se abrían en la ladera de una montaña. El Templo era una gran cueva. Parecía que  siempre hubiese formado parte de la roca. En la gran estancia sólo se observaba un objeto. Un pequeño altar en lo que parecía el centro exacto del cuadrado que formaba la habitación. Sobre el altar, un libro. Ni siquiera un libro grande, ni viejo. Sólo un libro en un altar en el centro de una sala.
-¿Recuerdas que libro es ese?-la preguntó su madre.  
-Sí… Es El Libro-se podían escuchar las mayúsculas al pronunciarlas.
-¿Recuerdas cuáles son sus últimas palabras?
-“Dios somos todos”
-Recuérdalas siempre.

Sin más palabras, siguieron andando. Sin previo aviso de una de las puertas se aproximó una mujer vestida con una túnica blanca. No les habló. Miró a la madre, que asintió y la sudorosa mano cambió de dueña. Olvidadas la sorpresa y el asombro, las lágrimas volvieron a surgir, cayendo silenciosamente sobre el suelo y marcando su camino mientras la alejaban de su madre.

La estancia a la que entraron era mucho más lúgubre que la anterior. Una solitaria antorcha iluminaba la angosta habitación sin ventanas. Las paredes eran opresivas y la chica no pudo ver más puertas. La mujer que la acompañaba la hablo con voz dulce y tranquilizadora:
-Sé que estás asustada, pero ahora tienes que hacerme caso ¿vale?-la niña asintió-. Aquí no debes tener miedo. No hay nada que pueda hacerte daño en este lugar.
-Pero quiero a mi madre…
-Nosotras somos tu familia ahora-la cortó-. A partir de ahora nada fuera de estas puertas tiene que ver contigo.
-Pero…
-Pero eso, incluye las ropas que llevas y el polvo que te cubre. Desnúdate, deja tus ropas ahí y acompáñame.

El cambio de tono que iba produciéndose en la voz de la mujer la hizo callarse y obedecer. Sus ropas se quedaron olvidadas en una esquina. No pudo dejar de mirarlas mientras abandonaba la habitación. Para ella eran el último contacto con su mundo, con su familia, con ella misma. La puerta las ocultó de su vista y el sonido del pestillo cayó como un martillo. Ya no tenía ganas de pelear, ni de llorar, ni de pensar… Siguió a la mujer sin prestar atención a nada. Se dejó bañar y aceptó la túnica que le ofrecieron sin rechistar…

Hasta el día de hoy no se había dado cuenta de que nunca había necesitado otra prenda. La tela había crecido con ella. A pesar de las roturas que había tenido que coser, no se había desgastado mucho. La lavaba por costumbre ya que su color blanco nunca se enturbiaba. Cuanto más lo pensaba, más extraño parecía. En realidad, sólo era una de las muchas cosas extrañas que pasaban en El Templo. Desde aquel día en el que entró a formar parte de las sacerdotisas había visto muchas cosas inexplicables. Había pasado ocho años acostumbrándose a que nada la sorprendiese, educándose para poder desempeñar bien su papel, entrenándose para ver lo que nadie más podía ver, formándose para ser lo que Dios necesitase de ella. Y hoy, por fin, el día de su veintiún cumpleaños, sería el día en el que entraría en la sala prohibida, la única puerta que las aprendizas no podían atravesar. Por fin sería nombrada sacerdotisa.

-¡¡Amy!!-se oyó al otro lado de la puerta-. ¡¡Despierta!!
Una chica bajita, regordeta y pelirroja entró como una exhalación por la puerta con la intención de tirarse encima de la cama, pero se detuvo de golpe al verla de pie y completamente vestida. Amy, la que en su día fue una chica pequeña y asustada, la sonrió.
-Nunca has conseguido despertarte antes que yo, Niss. Y no hagas tanto ruido. Es demasiado pronto, nos regañarán.
-Pero hoy es tu día. ¡¡Felicidades!! Me seguirás hablando mañana cuando ya seas una sacerdotisa, ¿no?
-Claro, recuerda las palabras del Libro.
-“Dios somos todos”.
-Lo que quiere decir que aunque yo sea sacerdotisa, no soy ni más ni menos importante que tú.
-Ya, eso lo dices ahora, pero mañana será otra cosa…

-Sí, mañana podré castigarte si sigues diciendo tonterías como esa-Niss sonrió ante estas palabras-. Ahora vamos a bañarnos y bajemos a desayunar. Las dos tenemos mucho día por delante.

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