Vamos a empezar retomando lo último que apareció en "La Taberna Ilustrada", por lo que la primera semana de vida de esta nueva taberna va a ser activa:
-Comienzo-
Abrió los ojos a la tenue luz del amanecer. Hoy era
el gran día. Ni siquiera se sentía adormilada a pesar de la hora. Lentamente,
casi sin pensar, se levantó y se puso la suave túnica blanca. Hacía años que
conocía aquella tela, conocía cada uno de sus pliegues y roturas, cada una de
sus asperezas y cosidos. Se la habían entregado el primer día que llegó al Templo.
A cambio entregó todas y cada una de sus pertenencias. La dijeron que nunca más
necesitaría nada que no fuese aquella túnica. Y así había sido. Se mente se
perdió con nostalgia en las brumas del pasado…
Su menuda mano sudaba entre los dedos de su madre
mientras se acercaban a las imponentes puertas del Templo. El Templo con
mayúscula. Uno de los dos únicos centros que existían en todo el mundo de nuestra
religión. Una religión sin nombre, sin ritos, sin donaciones, sin profetas, sin
castigos…. Una religión que tan sólo contaba con las sacerdotisas del Templo,
los monjes del Monasterio y un libro de enseñanzas. Sin embargo, la religión
más extendida y seguida del mundo.
Trece años, oscuro pelo recogido en una discreta
trenza, burdo vestido de lana, ojos verdes brillantes pero llorosos… Con su mano
sudada entre los dedos de su madre, se dirigía hacia la puerta de ese Templo.
Era demasiado pequeña para saber lo que la esperaba, sólo sabía que la iban a
separar de su familia, una familia con demasiados hijos y poco dinero. Nunca
más volvería a verlos, eso se lo habían repetido hasta la saciedad obligándola
a aceptar una realidad demasiado dura para su edad. Se lo habían repetido pero
no podía evitar que las lágrimas siguiesen corriendo por sus mejillas.
Las puertas de madera negra se abrieron a su paso
sin un solo ruido. Era extraño como un objeto de tal tamaño podía moverse con
tal quietud. Aquello hizo que secase sus ojos con el dorso de la mano y mirase
boquiabierta a todos lados, olvidada por un segundo su tristeza. La estancia a
la que entraban era inmensa, prácticamente vacía; sólo una hilera de puertas en
la pared del fondo. El techo se perdía en las alturas y no parecía que nada lo
sujetase. La pequeña niña tardó unos segundos en comprenderlo. No estaba
entrando a un edificio. Aquellas puertas que había atravesado se abrían en la
ladera de una montaña. El Templo era una gran cueva. Parecía que siempre hubiese formado parte de la roca. En
la gran estancia sólo se observaba un objeto. Un pequeño altar en lo que
parecía el centro exacto del cuadrado que formaba la habitación. Sobre el
altar, un libro. Ni siquiera un libro grande, ni viejo. Sólo un libro en un
altar en el centro de una sala.
-¿Recuerdas que libro es ese?-la preguntó su madre.
-Sí… Es El Libro-se podían escuchar las mayúsculas
al pronunciarlas.
-¿Recuerdas cuáles son sus últimas palabras?
-“Dios somos todos”
-Recuérdalas siempre.
Sin más palabras, siguieron
andando. Sin previo aviso de una de las puertas se aproximó una mujer vestida
con una túnica blanca. No les habló. Miró a la madre, que asintió y la sudorosa
mano cambió de dueña. Olvidadas la sorpresa y el asombro, las lágrimas
volvieron a surgir, cayendo silenciosamente sobre el suelo y marcando su camino
mientras la alejaban de su madre.
La estancia a la que entraron
era mucho más lúgubre que la anterior. Una solitaria antorcha iluminaba la
angosta habitación sin ventanas. Las paredes eran opresivas y la chica no pudo
ver más puertas. La mujer que la acompañaba la hablo con voz dulce y
tranquilizadora:
-Sé que estás asustada, pero
ahora tienes que hacerme caso ¿vale?-la niña asintió-. Aquí no debes tener
miedo. No hay nada que pueda hacerte daño en este lugar.
-Pero quiero a mi madre…
-Nosotras somos tu familia
ahora-la cortó-. A partir de ahora nada fuera de estas puertas tiene que ver
contigo.
-Pero…
-Pero eso, incluye las ropas que
llevas y el polvo que te cubre. Desnúdate, deja tus ropas ahí y acompáñame.
El cambio de tono que iba
produciéndose en la voz de la mujer la hizo callarse y obedecer. Sus ropas se
quedaron olvidadas en una esquina. No pudo dejar de mirarlas mientras
abandonaba la habitación. Para ella eran el último contacto con su mundo, con
su familia, con ella misma. La puerta las ocultó de su vista y el sonido del
pestillo cayó como un martillo. Ya no tenía ganas de pelear, ni de llorar, ni
de pensar… Siguió a la mujer sin prestar atención a nada. Se dejó bañar y
aceptó la túnica que le ofrecieron sin rechistar…
Hasta el día de hoy no se había
dado cuenta de que nunca había necesitado otra prenda. La tela había crecido con
ella. A pesar de las roturas que había tenido que coser, no se había desgastado
mucho. La lavaba por costumbre ya que su color blanco nunca se enturbiaba. Cuanto
más lo pensaba, más extraño parecía. En realidad, sólo era una de las muchas cosas
extrañas que pasaban en El Templo. Desde aquel día en el que entró a formar
parte de las sacerdotisas había visto muchas cosas inexplicables. Había pasado
ocho años acostumbrándose a que nada la sorprendiese, educándose para poder
desempeñar bien su papel, entrenándose para ver lo que nadie más podía ver,
formándose para ser lo que Dios necesitase de ella. Y hoy, por fin, el día de
su veintiún cumpleaños, sería el día en el que entraría en la sala prohibida,
la única puerta que las aprendizas no podían atravesar. Por fin sería nombrada
sacerdotisa.
-¡¡Amy!!-se oyó al otro lado de
la puerta-. ¡¡Despierta!!
Una chica bajita, regordeta y
pelirroja entró como una exhalación por la puerta con la intención de tirarse
encima de la cama, pero se detuvo de golpe al verla de pie y completamente
vestida. Amy, la que en su día fue una chica pequeña y asustada, la sonrió.
-Nunca has conseguido
despertarte antes que yo, Niss. Y no hagas tanto ruido. Es demasiado pronto,
nos regañarán.
-Pero hoy es tu día.
¡¡Felicidades!! Me seguirás hablando mañana cuando ya seas una sacerdotisa,
¿no?
-Claro, recuerda las palabras
del Libro.
-“Dios somos todos”.
-Lo que quiere decir que aunque
yo sea sacerdotisa, no soy ni más ni menos importante que tú.
-Ya, eso lo dices ahora, pero mañana
será otra cosa…
-Sí, mañana podré castigarte si
sigues diciendo tonterías como esa-Niss sonrió ante estas palabras-. Ahora
vamos a bañarnos y bajemos a desayunar. Las dos tenemos mucho día por delante.
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