-El fantasma-
Sabían de mi llegada desde hacía
un tiempo. Mi túnica no era tan sutil como yo pensaba y los rumores en los
caminos corrían más rápido que las personas. Parecía que la ciudad llevaba años
mandando cartas al Templo para que les enviasen una sacerdotisa. Por supuesto,
el Templo nunca mandaba a ninguna sacerdotisa fuera del Templo. Así que
aquellas cartas debían haberse perdido en el olvido. Me pregunté si no tendría
razón Ka al decir que los viejos tiempos eran mejores.
Aquel extraño personajillo que
me había recogido no podía ser humano. Al menos no del todo humano. Se
reconocían las formas básicas de alguien perteneciente a nuestra raza: dos
manos, dos brazos, una cabeza… Ahí acababa todo. Parecía no tener barbilla
ninguna, como si la cabeza fuese una extensión más del cuerpo. Todo el cuerpo
era enfermizamente delgado. Su tamaño no ayudaba. Y los rasgos… Bueno,
simplemente no parecían encajar unos con otros. Parecía que hubiesen cogido
partes sobrantes de distintos cuerpos y los hubiesen juntado a ver qué pasaba. Era difícil mirarle
durante más de cinco segundos seguidos sin sentir una sensación de incomodidad.
Una vez recuperado el aliento no paró de hablar todo el camino. Entre frase y
frase conseguí atrapar su nombre, Edwin. El paseo hasta el castillo se
convirtió en un monólogo sobre los accidentes que habían surgido desde la
muerte del conde. Ya habían muerto dos familiares, tres criadas, cuatro pajes y
una cabra. A la cabra la incluía porque había sido una muerte muy sospechosa y
era una especie de mascota de la guardia del castillo. Todas las muertes parecían
accidentes pero las probabilidades de que pasasen tantos en tan poco tiempo eran
muy remotas. Uno de los pajes se había caído tres veces por una escalera.
Consecutivas. La misma escalera. La cabra se había subido al árbol más alto del
castillo y se había tirado… con una cuerda al cuello. Desde luego era sospechoso.
La multitud de detalles que daba el hombrecillo era perturbadora y no paró
hasta llegar al castillo.
El castillo… Era el primero que
veía en mi vida. Más tarde he descubierto que no era de los más grandes. Si un
niño pequeño dibujase un castillo lo haría como ese. Cuatro torres con sus
almenas. Una gran puerta. Los niños siempre se olvidan de la gran torre en
medio del patio. Si lo hubiese comparado con el Templo me hubiese dado cuenta
que era diminuto. Pero claro, del Templo sólo se veía la puerta y… Está en una
montaña. Una montaña ES grande. Pero en aquel momento aquel castillo me pareció
lo más grande que había visto nunca.
La sombra de los muros nos
atrapó en cuanto entramos al interior. Unas pocas antorchas iluminaban los
pasillos, pero eran insuficientes para darle una verdadera calidez. Aquel ser
vagamente humanos nos guió como un pequeño duende a través de salas y pasillos
hasta llegar ante unas puertas de madera. Las abrió sin ningún tipo de
ceremonia y entramos a las estancias privadas del conde, que se encontraba
metido en una enorme cama, arropado hasta la barbilla y temblando. Cuando vio
quien éramos consiguió encontrar la suficiente dignidad para incorporarse.
-¡Por fin! Bienvenida. Perdona
que no me levante. Es peligroso.
Según se incorporaba vi como una
mano salía de la pared y una espada que colgaba encima de la cama calló justo
donde antes estaba su cabeza. El conde saltó de la cama y se refugió en mis
brazos. Le miré sorprendida. Aunque sus ojos emanaban un pánico que rozaba la
locura, la llama de su cabeza ardía con fuerza.
-Tranquilo. Todavía te queda
mucho por vivir.
-No te confíes con los fantasmas-escuché
la vocecilla de la conciencia, interpretada por Ka, a mi espalda.
-Muchas gracias sacerdotisa. Es
un alivio. Aun así, permíteme que siga cerca de ti hermana…
-Llámame sólo Amy.
-Bienvenida a Baltikar. Yo soy Pete,
el conde.
-Encantada. Podría…
-¿Has venido a librarnos del
fantasma, sacerdotisa?-Continuó sin prestarme atención.
-Supongo…
-Bien, bien... Tendrás todo lo
que requieras. No repararemos en gastos ni en esfuerzos para ayudaros.
-Por supuesto…
-Por supuesto, tendrás acceso a
todo el castillo y Edwin estará disponible para vos en cualquier momento.
-Claro, pero…
-Pero querréis descansar para
poneros en seguida con vuestra tarea. Os dejaré descansar mientras yo me quedo
aquí… Seguro…
-Pero…
Me hicieron salir sin dejarme
decir mucho más. Mientras salí oí agitación y los gritos del conde <<¡Sacad de aquí todos los objetos afilados!>>.
Me sorprendió como alguien podía llegar a aquel nivel de preocupación.
-¿Qué te parece, cariño?-me
preguntó Ka.
-Está loco. De terror.
-Sí. Suele pasar cuando todo un
castillo quiere matarte y todo el mundo muere a tu alrededor.
-¿Por qué un fantasma querría
hacer eso?
-Quién sabe… A lo mejor ni
siquiera sabe que está muerto… Vas a tener que hacer algo, niña.
-¿Yo?
-¿Para qué te explico yo las
cosas?
-Ya, ya… Soy la Muerte, ¿no?
-Exactamente. Nadie puede
quedarse allí donde no debe estar. Cosas de la física. Cuerpos extraños.
Resonancias cuánticas…
-Ka…
-Dime, cariño.
-¿Sabes que la mitad de las cosas
que dices no las entiendo?
-Muchas de ellas no las entiendo
yo. Después de haber vivido tanto tiempo escuchas muchas cosas. Algunas parecen
tan complicadas que deben ser verdad.
-Ya… Pero la que tiene que
encargarse del fantasma soy yo, ¿no?
-Eso es-confirmó asintiendo con
gravedad.
Durante los siguientes días nos
enteramos de la historia del castillo. Durante mucho tiempo el conde del
asentamiento, Seigmour, convirtió un pequeño castillo en una próspera ciudad
comercial, aprovechando las fértiles y extensas tierras de la zona. Bajó los
diezmos, construyó edificios e incluso de vez en cuando se tomaba una cerveza
con la gente que le rendía pleitesía. De repente, murió. No era viejo, ni
estaba enfermo. Sólo murió. Su esposa murió sin darle hijos y sólo le quedaba
un hermano, Pete, que ahora vivía aterrorizado.
Sólo Ka y yo podíamos ver la
mano transparente que intentaba atentar contra los habitantes del castillo.
Caballos desbocados que casi atropellaban a los mozos, salseras derramadas ante
las escaleras e incluso cristales rotos en las letrinas. El conde no salía de
sus aposentos en los que ya sólo quedaban la cama y dos sirvientes de
confianza.
Los días pasaban a base de
extraños sucesos y largos paseos. Cuando llegábamos al lugar de los hechos ya
no quedaba nada que ver. Por suerte, parecía que con nuestra presencia al
fantasma se le habían quitado las ansias de sangre. En ningún momento volvimos
a ver al conde, que no salía ni dejaba entrar a nadie. Nuestra única compañía
era Edwin, que a pesar de ser un hablador incansable, se las apañaba para
contar siempre cosas entretenidas y nuevas sobre el castillo.
Volver a estar entre cuatro
paredes estaba ayudando mucho con mi agorafobia. Era justo el punto intermedio
que necesitaba. Un lugar cerrado en el que volver a sentirme segura, pero en el
que no estaba prisionera. Desde ahí podía ir al pueblo y acostumbrarme al aire
libre, a la gente, al ruido y a todas las nuevas sensaciones que estaba
viviendo. Desde luego, dormir en una cómoda cama todas las noches no estaba
haciendo ningún mal.
Finalmente, casi por casualidad,
vimos como una figura, casi una sombra, atravesaba una de las librerías de la
biblioteca del castillo. Al acercarnos no vimos nada extraño pero entonces
nuestro extraño anfitrión parlanchín y cuasi humano apareció a nuestra espalda:
-¿Habéis descubierto los
pasadizos?
-¿Los pasadizos?-le pregunté
extrañada.
-Sí, el viejo conde solía pasear
mucho por ellos. Decía que le ayudaba a pensar.
-¿Sabes cómo se entra?
-¡Claro! Todo el mundo lo sabe.
Bueno, no todo el mundo. Todo el que trabaja en el castillo y quiere ir al
pueblo sin permiso; las esposas y las “amigas” que quieren venir a hacer una
visita; y creo que el lechero hace el reparto por ahí.
-Y… ¿Nos dices cómo?
-¡Ah, sí! Perdón.
Se acercó a uno de los libros y
lo empujó con suavidad haciendo que toda la sección de la librería se abriese
como una puerta. Se disculpó y se fue corriendo a hacer alguna tarea importante
y urgente, dejándonos de frente a un pasillo oscuro y de piedra. Me recordó a
mis últimas horas en El Templo.
Avanzamos lentamente, pasando
por pasillos que cruzaban y sin saber muy bien a dónde íbamos. Ka se mantenía
sorprendentemente callada.
-¿Te pasa algo, Ka?
-No-noté un tono extraño en su
voz.
-¿Seguro?
-Niña… No te metas donde no te
llaman.
-Tienes… ¿Miedo?
-¡No! Deja de decir tonterías.
-Ka…
-Son estas paredes. A las ánimas
nos gustan los espacios abiertos. No soporto estar encerrada. Cállate y sigue
andando.
No quise seguir insistiendo,
pero era gracioso pensar que aquel ser de cientos de años de edad pudiese tener
claustrofobia mientras que a mí me asustaba el exterior. Después de tanto
meterse conmigo y obligarme a enfrentarme a ello, resultaba que Ka era igual
que yo. Me lo apuntaría para una mejor ocasión.
Aquellos pensamientos
desaparecieron en cuanto vimos algo que giraba una esquina y corrimos hacia
ahí. Tras unos minutos llegamos a un cuarto completamente amueblado con una
cama, un escritorio, un armario… Y sentado en la cama, una figura transparente,
de un color azulado y sujetando una ballesta… Una ballesta muy real. Sólo
llegue a escuchar una cuerda destensada antes de que todo se volviese negro.
Desperté en un lugar
completamente blanco. No tenía muy claro si estaba de pie o flotaba. Parecía
que el suelo era sólido y la vez que no había nada. Unas pisadas se acercaban y
una sombra empezó a solidificarse ante mí. Cuando fue del todo visible sólo
pude decir:
-Hola, Bob.
-Oh, Amy. Qué placer más esperado.
¿Tan pronto por aquí?
-Supongo que no lo he hecho muy
bien como Muerte. Estoy muerta, ¿verdad?
-Que irónico. Pero no, no lo
estás haciendo tan mal. Tampoco estás muerta ahora que lo dices.
-¡Me acaban de disparar una
flecha!
-Sí, sí. He aprovechado la tesitura
para hablar cinco minutos contigo. Pero… ¿De verdad pensabas que un palo de
madera podía hacerte algo? Si todavía te hubiese dado en la rodilla tu aventura
podría haber acabado… Creo que me estoy equivocando de historia. Últimamente no
me separo del ordenador y se me mezclan las ideas. No paran de decirme que
estoy desaparecido. Hay gente que dice incluso que he muerto.
-No tengo ni idea de qué estás
hablando…-empezaba a aceptar que Bob estaba un poco loco y sólo había que
dejarle hablar.
-Normal, a veces ni yo entiendo
lo que digo. Me dejo llevar. ¿Qué tal te va?
-Me has obligado a ser la
muerte, tengo un bicho mandón siempre conmigo y… ¡Ah, sí! Me acaban de
disparar. No me va mal.
-Bien, bien. Así me gusta. Que
hagas las cosas con ilusión.
-No has escuchado nada de lo que
te he dicho, ¿verdad?
-Tienes toda la razón. Pero no
te preocupes, ahora ya has descubierto algo nuevo. ¡No puedes morir! ¿No es
maravilloso?
-Bob…
-Sí, sí. Sé que es extraño. Pero
qué gracia tendría que un ser mitológico antropomórfico creado por la mente
conjunta de la población humana desapareciese tan fácilmente.
-Entonces, ¿ahora qué?
-No esperes que cada vez que
decidan matarte esté aquí para deleitarte con mi conversación. Desde luego,
espero que intentes evitar en la medida de lo posible más accidente. Hay gente
que acaba cogiéndole el gusto al dolor… No seas así. Me decepcionarías mucho.
-Acabaré teniendo el cuerpo
lleno de agujeros…
-¡No, mujer! Espera, estoy dando
por hecho que eres una mujer… Van a crucificarme por esto… No, eso era a mi
hijo… Creo que he vuelto a liarme…
-Bob, ¡céntrate!
-Perdón, perdón. No te pasará
nada. Te curarás de todas las heridas que te hagan. Ahora vuelve ahí y haz tu
trabajo-dijo mientras me empujaba.
Sentí una sensación de caída que
duró unos segundos. Estaba en el suelo. Notaba algo raro en el pecho. Al mirar
vi a Ka intentando sacarme una flecha profundamente clavada. Poco a poco fui
sintiendo dolor. Por lo visto era inmortal pero no insensible. Aparté al ánima
de un manotazo y sin pensarlo mucho me arranqué la flecha con todas mis
fuerzas. El latigazo de dolor fue intenso, pero pasó al poco. Cuando volví a
mirar, ya no había herida y la túnica seguía de un blanco impoluto a pesar de
un nuevo agujero que me tocaría arreglar.
-¡Eso ha dolido!-le grité al
fantasma mientras me incorporaba.
-¡¡Mierda!! ¿Qué eres
tú?-intentaba recargar su ballesta nerviosamente.
-Soy Amy. No vuelvas a
dispararme. No es agradable.
-Y jodidamente inútil, por lo
que veo.
-Eso parece. ¿Quién eres?
-Parker conde de Baltikar.
-¿Otro conde más? ¿Cuántos hay?
-Antiguo conde al menos. Desde
mi muerte no se me da tan bien como antes dar órdenes.
-¿Entonces sabes que estás muerto?
-Claro. Atravieso paredes, soy
de color azul y nadie puede verme. No hay que ser muy listo. Podrías
presentarme a tu curiosa compañera. Sólo había visto un ánima en libros.
-¡Por fin alguien con dos dedos
de frente!-exclamó Ka-. Me llamo Ka, encantada. Para ser un fantasma, empiezas
a caerme bien.
-Gracias. Ahora-empezó
dirigiéndose a mí-, vas a explicarme cómo cojones puedes verme y por qué te
acompaña un ser de leyenda.
-Soy la Muerte y vengo a por
ti-intenté usar mi tono más solemne.
-Llevo más de veinte años aquí y
ninguna niñata va a sacarme. No hasta que acabe con ese malparido de Pete.
-Más respeto…-dije sin mucha convicción-.
¿Por qué quieres acabar con él?
-Porque asesinó a mi hijo. En
vez de ser castigado, ahora es el conde.
-El anterior conde murió de
muerte natural.
-Es natural que te mueras cuando
te ponen veneno en la copa, eso es cierto.
-Pero, ¿por qué matas a otras
personas?
-Bueno, si no puedo con él,
tendré que hacer de su vida un puto infierno. Vivirá con miedo hasta que muera.
-Lo entiendo-intervino Ka-, pero
quién ocupará el puesto de conde si Pete muere. No queda nadie que herede. ¿No
es mejor que dejes que Amy te dé el descanso y haya estabilidad en Baltikar?
-Por encima de mi frío cadáver.
Heredará ese chiquillo, el que es un poco raro que trabaja como paje… Nunca me
acuerdo de su nombre… ¡Edwin!
-¿Por qué él?
-Pete puede ser imbécil, pero en
el pueblo todos saben quién es su padre. Mi hijo no usaba estos pasadizos sólo
para pensar.
-Aun si consigues tu venganza, ¿cómo
podemos estar seguras de que vendrás con nosotras?
-Os doy mi palabra, si eso os
vale.
-¿La misma palabra que has usado
al jurar vengarte?-preguntó Ka.
-La misma.
-Entonces deja de intentar
matarle y haz que Edwin reclame el trono.
-¿Ese chico? No sabría ni por dónde
empezar.
-Solo no, pero el pueblo le
apoyará. Siempre podemos darle un empujoncito entre los tres.
-Tal vez sea posible…
Ciertos rumores empezaron a
surgir entre los habitantes sobre un heredero perdido. Todos sabían a quien se
referían pero nadie tuvo el valor de decirlo al principio. El conde pasaba los
días encerrado y la falta de un líder aumentaba el desasosiego. El ambiente de
descontento empezó a crecer. Era un enigma si el dirigente era consciente de
ello.
Los criados del castillo,
alarmados todavía por la ola de muertes, sospechaban de una intervención divina,
que parecían señalar en mi dirección. Apareció una botella de veneno en las
cocinas, que nadie recordaba que estuviese ahí. El cocinero acabó confesando entre
lágrimas que el conde Pete le había coaccionado a que la mantuviese ahí. Creía
alguien se habría deshecho de ella, pero ahora había vuelto a aparecer para
torturarle con la culpa. Se ataron cabos. Las desapariciones de Pete a altas
horas de la noche para reunirse en los jardines con personajes encapuchados,
que todos habían creído cortesanas; su insistencia a revisar todos los platos
de su hermano antes de que llegasen a su mesa, aunque no había sospechas de
ningún peligro; se recordaron actuaciones parecidas antes de la muerte de la
esposa de Seigmour; un largo etcétera apareció mezclado con invenciones y
habladurías.
Observé todos estos
acontecimientos con sorprendente frialdad. Desde el principio no me cayó bien
el conde, pero no justificaba mi desapego ante la caída en desgracia de una
persona. Cuando las hordas de aldeanos se levantaron para tomar el castillo,
llevando en alzas a Edwin, les acompañé hasta las dependencias del conde. Al
abrir la puerta vimos al conde en camisón sujetando una espada, prácticamente
el único objeto que quedaba en la habitación aparte de la cama. Sólo yo podía
ver una figura traslucida sonriendo en una esquina.
-¡Malditos plebeyos!-gritaba el
conde-. ¿¡Os atrevéis a invadir mis habitaciones privadas!?
-Por lo visto asesinaste a mi
padre… O eso dicen…-contestó Edwin dudoso.
-¿Tu padre?
-El conde… ¿Seigmour?
-¿¿¿Tú eres su hijo??? Jajaja.
¿Tengo que creérmelo?
-Idiota-sonó entre la multitud-.
Todos lo sabíamos.
-¿Qué vais a hacer? ¿Matarme?
La turba empezó a avanzar
furiosa y decidí intervenir.
-¡Gentes! ¿Sabéis quién soy?
-¡La sacerdotisa! Tu magia ha
hecho que veamos la verdad.
-No debéis matar a este
hombre-miré de reojo al fantasma, que parecía sorprendido-. Si le matáis no seréis
mejor que él. Encerradle, exiliadle o ridiculizadle, pero no cometáis un
asesinato del que podáis arrepentiros.
-¡Pero es un asesino!-sonó un
grito entre la multitud.
-¿No es mejor que sufra el resto
de su vida en la cárcel a darle un final rápido?-les repliqué.
Los gritos empezaron a dividirse
en contra y a favor. Al menos los ánimos asesinos parecían irse calmando a
favor de una buena discusión de taberna. Entre todos los ruidos sonó una voz:
-¡Parad! El conde intenta
escapar. Atrapadle para que pueda tomar una decisión.
-¿Quién eres tú?
-Edwin, idiota. Me conoces de
toda la vida. Si queréis que sea vuestro nuevo conde, al menos deberíais obedecerme.
Yo digo que debe vivir.
-Pero…
-Debe vivir como el bufón del
pueblo. Quiso llegar a lo más alto y lo que conseguirá será estar por debajo de
todos. Será vuestro para que os riais de él y os divirtáis. Pero nada de
matarlo, que ya nos conocemos…
Sorprendentemente, el tiempo
demostró que Edwin era un dignatario capaz e inteligente, aunque difícil de
mirar. Fuimos a hablar con Parker, el fantasma y le encontramos fumando pipa en
la misma habitación en la que le vimos por primera vez.
-¡Ah, la sacerdotisa!
Bienvenida. ¿Fumas? A mí ya no me sabe a nada pero me gusta recordar mi época
de vivo.
-No, gracias. ¿Estás contento
con el resultado?
-¡Demonios! Al principio no me
convencía pero después de ver a Pete vestido de colorines, rebozado en mierda
la mitad del día y vapuleado la otra mitad, contento es poco.
-Pues es hora de irse.
-¿Irse a dónde?
-Eso no lo sé. Al otro lado,
supongo. No puedes seguir aquí.
-¿Decías en serio lo de la
muerte?
-Por desgracia para mí, sí.
-Supongo que aquí no queda nada
para mí. Aunque no me haya vengado personalmente, se ha hecho justicia. Es otro
tipo de venganza. ¿Qué tengo que hacer?
Yo tampoco lo sabía muy bien,
pero le miré a los ojos. De nuevo me invadió aquella extraña sensación. Veo una
infancia de caballero llevando escudo y espada; viajando por lugares que nunca
antes había visto. La guerra. Horrible, sangrienta y muy distinta de cómo nos
la pintan en las gestas. El castillo que sirvió de premio a la victoria. Un
hijo, el primero, tan esperado y amado por encima de cualquier otra cosa. Un
hijo que se hace mayor y me llena de orgullo cuando hace que el pequeño
castillo de la familia se convierta en un lugar hermoso y lleno de vida. La
muerte de mi esposa. Hace años que la relación se enfrió, no es una perdida
dolorosa. La muerte… No hay ningún camino después, demasiado atado a la
realidad y al amor hacia mi hijo. Sólo quiero seguir viéndole crecer… Hasta que
muere sin sospechas bajo el veneno de un mal hermano. Por último, unos ojos
verdes y nada más…
Ha pasado casi un año desde el conde… Aprendí que no podía morir y vi un poco de la naturaleza humana. Un año en el que había visto la muerte de campesinos y señores; fantasmas perdidos en la tierra desde hacía cientos de años y que sólo repetían el mismo camino una y otra vez, asustando a los mortales; actos heroicos que modificaban el destino de las personas a pesar de que ella ya estaba preparada para llevárselos; tantas cosas… Pero había que continuar y ver muchas cosas más.
Ha pasado casi un año desde el conde… Aprendí que no podía morir y vi un poco de la naturaleza humana. Un año en el que había visto la muerte de campesinos y señores; fantasmas perdidos en la tierra desde hacía cientos de años y que sólo repetían el mismo camino una y otra vez, asustando a los mortales; actos heroicos que modificaban el destino de las personas a pesar de que ella ya estaba preparada para llevárselos; tantas cosas… Pero había que continuar y ver muchas cosas más.