-El exterior-
Miré hacia arriba y vi una cara
sonriente mirándome. ¿Por qué no dejaban de vapulearme, cegarme, asustarme y
mil cosas más? Además, me sentía extraña:
-Pero…
¿Qué me has hecho?
-Ahora,
eres La Segadora.
-¿La
Segadora?
-¿El
Omega?, ¿el Último Viaje?... Ay… Luego dicen que soy políticamente incorrecto. No
me gusta llamarlo así… La Muerte, eres La Muerte.
-Pero…
¿¿¡¡QUÉ!!??-exclamé sin poder decir otra cosa.
-No
te escandalices tanto, no es tan grave. Hay gente que ha muerto por menos… Eso no
era un chiste, pero ha tenido gracia ahora que lo pienso… En cualquier caso, es
algo necesario e importante y, siendo sincero, con bastantes privilegios.
-Pero…
-Pero,
pero, pero. Pareces un loro, sólo sabes decir eso. ¿Nunca te han explicado que
comenzar frases con preposiciones está mal visto? Lo hecho, hecho está. Ahora
debo irme.
-¡No
me has explicado nada!
-Bueno,
ya le irás pillando el truquillo. Es un trabajo bastante fácil en realidad. La
gente no tiene mucho que decir al respecto y las reclamaciones son mínimas…
Me
dio la espalda y antes de que pudiese reaccionar se hizo la oscuridad. Sí, la
sala era la misma pero… ¿dónde estaba la luz? ¿Las ventanas? ¿Bob, el extraño
desconocido? Me di cuenta de donde estaba. Había vuelto al comienzo de todo, de
toda mi vida conocida y, ahora, de todos mis problemas. La sala del Libro. La
entrada del Templo. Donde me separaron de mi madre y donde empezaba lo que
parecía una nueva tarea.
Noté como algo se movía tras de
mí. Me di la vuelta pero no vi nada. Sin embargo había algo extraño… ¡La
puerta! Era la puerta. ¿Por qué estaba abierta? Sólo se abría cuando alguna
chica nueva o algún visitante llegaban. Tampoco me informaban de todo, desde
luego. Pero… ¿Qué estaba pasando? Sentí algo de nuevo a mi espalda. Me volví y
casi me caigo al suelo del susto. Delante de mí había un pequeño ser mirándome
fijamente. No sabría cómo describir su aspecto. Era… peludo; y blanco; y con
colmillos; y con ojos enormes y negros; y era… Todo cabeza. Una gran bola de
pelo de la que salían un morro, cuatro extremidades y dos ojos gigantescos. Sin
embargo, tenía cierto encanto.
-Hola, pequeñín. ¿Qué eres
tú?-dije con voz melosa y sin atreverme todavía a tocarlo.
-¿A quién llamas pequeñín,
niñata?
-¡Hablas!
-Pues claro que hablo. Habrase
visto. Cuando se lo cuente a mis amigas no se lo van a creer. Pero… ¿Qué os
enseñan hoy en día?
-Pero… Pero… ¿Qué eres?
-Un ánima, por supuesto-contestó
con voz aflautada-.
-¿Ánima?
-¡Pues claro! ¿Qué me estás
llamando? ¿Insinúas que soy uno de esos maleducados espíritus?
-No sé nada sobre ánimas… Ni
espíritus…
-Así va el mundo… ¿Tú vas a ser
La Muerte? En qué estaría pensando Bob…
-¿Conoces a Bob?-la pregunté
rápidamente en cuento escuche un nombre conocido.
-Todos conocen a Bob. Al menos
todos los del mundillo.
-¿Mundillo?
-Tenemos mucho que enseñarte,
muchacha. Ahora ven conmigo-dijo dirigiéndose a la puerta sin darme ni un
momento para pensar.
-¿¡Qué!? ¿Fuera?
-Claro, ¿cómo piensas hacer tu
trabajo si no?
No
recordaba la última vez que había estado en el exterior. Durante los primeros
años de aprendizaje nos sacaban para aprender sobre plantas, hierbas, el clima,
las personas… El Templo era mi hogar. Aquellas paredes eran mi hogar. Al aire
libre me sentía… desprotegida, invalida, desnuda. ¿Por qué teníamos que ir
allí? Allí no había nada.
-¿Qué
haces? ¡Vamos!-me increpó aquella… lo que fuese, desde la puerta.
-¡No!
¡No pienso ir! Ya estoy harta. Primero un desconocido me dice que voy a matar
gente, me marean de un lado a otro de este Templo y ahora un bicho me dice lo
que tengo que hacer. Me voy a dormir.
-¿¿¡¡Bicho!!??
Será desgraciada la niña mimada de los cojones-mientras, se iba acercando a
mí-. Ahora vas a venir conmigo y vas a hacer lo que te diga o te voy a dar una
torta de revés que les va a doler a tus hijos cuando los tengas...-me cogió del
dobladillo de la túnica y fue arrastrándome con una fuerza mucho mayor que lo
que demostraba su tamaño, sin dejar de hablar ni un segundo.
La
luz me golpeó en los ojos. ¿Cuántas veces se había repetido esta escena? Ni
siquiera me moleste en contarlas. Sólo quería volver a la segura y conocida
penumbra del Templo pero aquella diminuta garra era como de acero. Por mucho
que pelease, no podía hacer otra cosa más que avanzar. De repente la
resistencia cesó y caí de bruces al suelo soltando una exclamación de sorpresa
y dolor. Al levantar la cabeza me encontré con sus ojos, aquellos enormes ojos,
negros, sin iris, todo pupila. Me sumergí en aquellos dos pozos y deje de
pensar… Al menos hasta que su voz de pito me sacó del ensueño:
-¿No
ves lo ridícula que pareces? Peleando contra el aire y cayéndote al suelo. ¿No
entiendes que nadie puede verme?
-Aquí
no hay nadie. ¿Qué más me da? No quiero salir al aire libre. Me da… Me da…
Miedo.
-¿Por
qué niñita?-pregunto con su voz mucho más dulce ahora.
-Porque
me gusta El Templo. Siempre he vivido ahí. No conozco nada más…
-¡Ah!
¿Pero nunca os sacan de esas viejas paredes? Entiendo… ¿Cómo ayudáis a la gente
entonces?
-La
gente viene al templo…
-¡Vaya
disparate! ¿Creéis que el mundo es este pequeño pueblo?
-No,
claro que no. Viene gente de TODO el mundo-mientras hablaban me senté con las
piernas cruzadas ante las puertas del Templo, con el terrible Sol todavía a mi
espalda.
-¿Gente
rica o gente pobre?
-No
lo sé… Nunca miramos esas cosas.
-Realmente
piensas que un simple campesino puede dejar sus tierras durante meses para
haceros una visita-no lo dijo como una pregunta.
-¿Y
qué quieres que hagamos?
-Viajar,
por supuesto. Antes las sacerdotisas iban de pueblo en pueblo ayudando a la
gente.
-Nunca
he visto nada parecido.
-Antes
es mucho tiempo, niña. Supongo que las cosas cambian.
-¿Cuántos
años tienes?
-Eso
no se le pregunta a una señorita. Ahora, deberías quitarte de tonterías y salir
ahí fuera. ¿Qué es lo que te da miedo? ¡Eres La Muerte!
-Aún
no sé qué significa.
-Pues
es hora de que lo aprendas. Te lo explicaré por el camino. ¡En pie, pequeña!
-Obligaciones-
Me
levanté con esfuerzo y eché a andar detrás mi nueva pequeña amiga. Al menos
esperaba que fuese una amiga, aún no estaba segura del todo. El Sol ya no me
molestaba tanto como antes pero andaba mirando a todos lados y cualquier
movimiento en los arbustos me sobresaltaba. Sin embargo me interesaba más lo
pudiese contarme…
-¿Cómo
te llamas?
-Ka
-¿Ka?
¿Simplemente? Me esperaba un nombre algo más… exótico.
-A
veces las cosas más sencillas son las más sorprendentes. Empiezo a pensar que
tienes muchos prejuicios.
-Entonces…
Ka… ¿Qué es la Muerte?
-No
creo que seas tan tonta, chiquilla. Todas las cosas mueren tarde o temprano. Normalmente
más temprano que tarde. Sabes perfectamente qué es la muerte.
-No,
no… ¿Qué soy yo? No paráis de decir que soy La Muerte. Así que… ¿Qué soy?
-Pues
eso mismo… La encargada de que la muerte suceda.
-Pero
eso es horrible.
-Bueno,
eso no es del todo cierto. Las cosas son como son, ni horribles ni bonitas. La
mayor parte de las veces con que existas es suficiente y luego están los casos
extraordinarios.
-¿Extraordinarios?-la
interrumpí.
-Calla,
preciosa, déjame hablar: cuando los humanos todavía no estabais aquí, todo funcionaba
perfectamente. Pero tuvisteis que aparecer con vuestra manera de aferraros a la
vida y vuestras malditas implicaciones metafísicas y… Bueno, hubo que hacer
cambios.
-Sigo
sin entenderlo, ¿qué es lo que tengo que hacer?
-Todo
tiene reglas, todo sigue un orden… Excepto los humanos. Tenéis esa necesidad
tan horrorosa de romper las reglas, lo
que hace el mundo un lugar muy caótico.
-Por
ejemplo…
-Pues… Recuerdo aquel viejecito encantador con
las barbas tan largas. Le gustaban los pájaros. Un poco despistado… Bueno, la
cosa es que intentó volar. Y lo consiguió. ¡Vaya si lo consiguió! Por suerte,
nadie lo supo nunca… Sobre todo porque no tuvo en cuenta el aterrizaje. Pero lo
cambió todo. Los humanos debían quedarse en el suelo. Aquel anciano cambió las
reglas.
-¿¡Podemos
volar!?
-Por
supuesto que no, niña estúpida. Pero podréis. Algún día… Y eso es suficiente.
-Sigo
sin ver la relación conmigo…
-Bueno,
la gente así se merece un trato especial, al menos así lo suelen creer ellos.¿Por
qué? Eso es lo que yo me pregunto. No son más que liantes inconformistas,
debería tratárseles como a cualquier otro o incluso peor.
-Yo
creo que es un gesto bonito.
-No
es bonito. Son favoritismos. Estúpidos favoritismos. De todas formas, como tú
has dicho, esa es la parte bonita. Siempre están los cabezotas.
-¿A
qué te refieres?
-La
gente que no puede aceptar estar muerta. Tendrás que engañarles, obligarles,
convencerles o cualquier otro sucio truco que se te ocurra.
-Bueno,
no parece tan difícil después de todo…
-¡JA!
Esos dicen todos la primera vez, pero luego...
-¿Todos?
¿Cuántas ummm… Muertes ha habido?
-No
sabría decirte. A mí sólo me han asignado a unos cuantos de vosotros. Tú estás
resultando bastante normalita y asustadiza de momento. Aún no sé si valdrás
para esto.
>>Mira,
estamos llegando al pueblo-añadió cambiando rápidamente de tema.
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