-Descenso-
La puerta se encontraba ante
ella. Al igual que todas las puertas en El Templo era completamente lisa y
negra, de un negro que no reflejaba la luz, absorbente, hipnótico… Pero Amy ya
estaba acostumbrada a aquella sensación y no se dejó atrapar. No era extraño
ver a alguna de las chicas nuevas paradas delante de alguna puerta sin
pestañear. Se decía que si no te acostumbrabas rápido podía llegar un día en el
que nadie podría despertarte; que había una sala entera llena de chicas
paralizadas como estatuas. Nunca había visto nada parecido pero…
Desechó aquellos pensamientos y
empujó la puerta. En realidad, no sabía si se abriría. No había ninguna
cerradura o picaporte. Nunca había visto a nadie entrar ahí. Siempre que alguna
de las novatas intentaba entrar la madera no se movía ni un milímetro. Sin
embargo, allí era donde se dirigían las nuevas sacerdotisas una única vez en
toda su vida: se entraba una vez, se salía como sacerdotisa y nunca más se regresaba.
Estaba sola. Nadie la
acompañaba. Se entraba sola y se salía sola. El octavo cumpleaños tras la
llegada al Templo y Amy no sabía de ninguna chica que no hubiese acudido a la
cita. Daba igual que hubiese llegado al Templo con diez años o con setenta.
Todas habían pasado por aquel umbral antes que ella. Alargó la mano y sintió la
madera cálida bajo la mano. Parecía palpitar, como si estuviese viva. Empujó
ligeramente y la puerta se abrió sin ningún esfuerzo, casi como si alguien la
estuviese abriendo para ella. Ni un solo ruido. Intrigada, pero no asustada,
atravesó el umbral. Al otro lado la esperaban unas escaleras de caracol. Los
escalones parecían esculpidos en la misma roca y sólo encontró una fina cuerda clavada
a la pared como sujeción. Aferrándose a ella comenzó el descenso…
Parecía que llevase horas bajando,
escalón tras escalón, paso tras paso. Más de una vez se había resbalado sobre
los traicioneros peldaños y la mano la sangraba de agarrarse a la cuerda. Pero
ella seguía, tozuda, seria y con la mirada puesta tan sólo en el siguiente escalón.
Su cuerpo ya no respondía a su voluntad y aun así seguía, como un autómata.
Justo cuando iba a sentarse a descansar, se dio cuenta que hacía unos minutos
que no sentía el balanceo de la bajada y que andaba por un pasillo
completamente liso y recto. Levanto la cabeza del suelo y allí, a unos pocos
metros, casi al alcance de su mano, había otra puerta entreabierta. Se acercó y
la empujó.
Por un segundo pensó que se
había quedado ciega. Una luz blanca brillaba por todos lados, la envolvía, la
elevaba. Miró a su alrededor. Todas las paredes estaban cubiertas de cristal
que dejaba pasar la luz del… ¿Del Sol? ¿Bajo una enorme montaña a cientos de
metros bajo tierra? Se acercó a uno de los extremos de la sala pero el
resplandor era tan intenso que sólo pudo avanzar unos metros sin tener que
cerrar los ojos. Quedándose ciega no iba a contestar a ninguna de sus preguntas
así que se dirigió al centro de la sala. Allí había un pequeño altar. Amy se
dio cuenta con sorpresa que era idéntico al que se encontraba a la entrada del
Templo. En este no había ningún libro. A primera vista parecía estar vacío,
pero si lo mirabas desde el ángulo adecuado se vislumbraba una esfera de
cristal que, sin saberse muy bien cómo, se mantenía en equilibrio encima de la
roca. Se colocó a escasos centímetros pero no se atrevía a tocar el hermoso
adorno. Dio vueltas a su alrededor observando como aparecía y desaparecía
dependiendo de cómo la luz incidía sobre él. Finalmente alargó la mano y lo
acarició suavemente con la punta del dedo. Ante su sorpresa la esfera estalló
en mil pedazos obligándola a cerrar los ojos…
Abrió los ojos por segunda vez para
encontrarse a un hombre de mediana edad justo delante suya. Se echó hacia atrás
asustada y busco algo para defenderse, pero la habitación estaba desierta. El
hombre sólo sonrió y se quedó donde estaba.
-¿De dónde has salido?-le
increpó.
-No creo que esa sea la
pregunta… Pero si quieres saberlo, siempre estoy aquí.
-¿Eres el encargado de la
prueba?-preguntó Amy menos recelosa ahora que veía que el hombre no hacía
ningún movimiento.
-Es una manera de decirlo.
Aunque prueba no es la asignación adecuada.
-Creo que no te entiendo…
-Y yo creo que sigues sin hacer
las preguntas adecuadas.
-¿Cuál sería la pregunta
adecuada?
-Presentarte y preguntar mi
nombre sería un comienzo muy prometedor para el inicio de una buena relación.
-Y eres…
-Sigues olvidando la educación y
el buen hacer… Esta juventud… Mi nombre es irrelevante, he tenido y tengo muchos.
Pero puedes llamarme Bob. Será más cómodo.
-¿Bob? ¿En serio?
-Sí. Ahora tendrías que
corresponderme e indicarme cómo debo dirigirme a ti.
-Amy…
-Bien, Amy -la cortó- ¿Sabes por
qué estás aquí?
-Porque llevo ocho años en El
Templo y debo convertirme en sacerdotisa.
-Sí… y, de nuevo, no. Aunque
siempre se han extendido muchos rumores acerca de lo que pasa aquí, no existe
tal prueba.
-¿Y el resto de sacerdotisas?
-¡Ah! ¿Has oído alguna vez decir
algo sobre una prueba?
-No, la verdad es que no, pero…
-Entonces cómo sabías que serías…
probada.
-Me lo imaginé.
-Ah, la imaginación… Esa gran
herramienta, pero que traicionera es. Ha creado y destruido alguna de las cosas
más bellas de multitud de mundos. Aún recuerdo lo bonitos que fueron aquellos
fuegos artificiales. Si hubiese sabido lo de las partículas, las cuerdas, los
gatos indecisos y todo lo demás…
-¿Qué quiere decir?
-Quiero decir que incluso yo soy
parte y creación de la imaginación.
-Eso es aún más confuso… No
estoy segura de que fuese eso lo que querías decir.
-¡Entonces no hablemos más de
ello! Volvamos a lo que nos ocupa: el porqué de tu presencia en esta sala.
Porque, aunque a medias, has acertado. Vas a convertirte en algo.
-¿Sacerdotisa?-preguntó
ilusionada
-No, no, no vas a ser
sacerdotisa. Créeme, está sobrevalorado.
-Pero…
-Pero nada. Tu destino es mucho más alto.
>>Normalmente las chicas
pasan por aquí –explicó mientras daba vueltas sobre sí mismo-, ven una sala a
oscuras, tienen su visión, su trance, su momento de gloria, como quieras
llamarlo y salen de aquí con un propósito y un conocimiento mayor al que tenían
antes. Si hasta se pusieron ese absurdo nombre de sacerdotisas ellas solitas. Pobres ilusas…
-¿Y yo?
-Tú has visto la luz y la
esfera.
-¿Eso es raro?
-Bueno… Depende lo que entiendas
como raro. En teoría, y sólo en teoría, cualquiera de las que vive en el templo
de ahí arriba tendría que poder verlo. Así que raro, raro… No es. Pero al final
todo es raro. La culpa es vuestra, pero luego el que se aburre soy yo.
-Eh… ¿Qué me va a pasar?-preguntó
Amy cambiando de tema.
-¿A ti? Nada… Nada malo al
menos.
-Eso
no suena nada bien.
-Verás…
En teoría, y repito, sólo en teoría, cuando una iniciada bajaba aquí, hablaba
conmigo y recibía un rol en la creación. Pero… Bueno, los humanos habéis ido
sustituyendo ciertas cosas por ciencia y conocimiento… Las lluvias, los rayos,
la agricultura, el sexo… Ya no hay cabida en ello para la superstición. Las
sacerdotisas no tienen nada que hacer. Sólo vivir en El Templo, ayudar a quien
puedan con los pocos poderes de los que disponen y seguir formando adeptas. Ya
ni siquiera salen al exterior. Todo muuuy aburrido. Qué tiempos aquellos los de
los sacrificios y las orgías rituales. Es una pena…
-Eeeeeh…
-Amy,
te lo he dicho. Vas a ser una representante de Dios en el mundo. ¡Como en las
mejores películas de Hollywood! No te entretengas con los detalles.
-Espera,
espera… ¿Qué es…? ¿No puedo negarme?
-Por
supuesto que no. Has bajado a este lugar y ya no hay marcha atrás.
-¿Qué
me pasará?-preguntó asustada.
-Desempeñarás
un noble papel, abandonado durante mucho tiempo… Su último representante era un
chico muy amable que se dedicaba a la pesca de rio, con su barca y su pértiga…
Tuvimos que echarle, empezó a cogerle un gusto muy raro a las monedas… Nunca tuve
muy claro por qué esa afición a la numismática. Creo que se tomó su trabajo
demasiado en serio y acabó afectándole.
-Pero
eso no responde a mi pregunta.
-¡Vaya,
pues tienes razón! Lo siento, a veces divago un poco y mi mente se dispersa. Cosas
de la edad, vivir en varios planos al mismo tiempo, demasiada literatura
fantástica… Lo típico. Supongo que deberíamos empezar, ¿no?
-Pero…
El
hombre alargo su mano y la tocó con un golpecito de su dedo en medio de la
frente. Una corriente de energía la recorrió y sintió como se elevaba del
suelo. Cayó como un fardo sobre sus rodillas, lastimándose...
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