Bienvenidos


BIENVENIDOS

Hace tiempo se creó un blog llamado “La Taberna Ilustrada” entre tres amigos que querían escribir (bueno, y dibujar y actuar y, a veces, incluso usarlo para ligar). Tras un intenso periodo de actividad que duro aproximadamente tres semanas, en las que se crearon muchas cosas, por desgana o por despiste todo quedó en el olvido y nunca se recuperó. Aquí os dejo el enlace: La Taberna Ilustrada

Ahora uno de ellos, el que suscribe, lo ha resucitado en solitario. La intención no es otra que compartir las tonterías que puedan llegar a salir de mi cabeza (quizá obligar a que salgan); incluso convencer a alguno de los antiguos componentes que colaboren y suban un poco (tampoco mucho) el nivel del blog.

martes, 17 de enero de 2017

Amy - Dos (2/2)

-El fantasma-

Sabían de mi llegada desde hacía un tiempo. Mi túnica no era tan sutil como yo pensaba y los rumores en los caminos corrían más rápido que las personas. Parecía que la ciudad llevaba años mandando cartas al Templo para que les enviasen una sacerdotisa. Por supuesto, el Templo nunca mandaba a ninguna sacerdotisa fuera del Templo. Así que aquellas cartas debían haberse perdido en el olvido. Me pregunté si no tendría razón Ka al decir que los viejos tiempos eran mejores.

Aquel extraño personajillo que me había recogido no podía ser humano. Al menos no del todo humano. Se reconocían las formas básicas de alguien perteneciente a nuestra raza: dos manos, dos brazos, una cabeza… Ahí acababa todo. Parecía no tener barbilla ninguna, como si la cabeza fuese una extensión más del cuerpo. Todo el cuerpo era enfermizamente delgado. Su tamaño no ayudaba. Y los rasgos… Bueno, simplemente no parecían encajar unos con otros. Parecía que hubiesen cogido partes sobrantes de distintos cuerpos y los hubiesen juntado a ver qué pasaba. Era difícil mirarle durante más de cinco segundos seguidos sin sentir una sensación de incomodidad. Una vez recuperado el aliento no paró de hablar todo el camino. Entre frase y frase conseguí atrapar su nombre, Edwin. El paseo hasta el castillo se convirtió en un monólogo sobre los accidentes que habían surgido desde la muerte del conde. Ya habían muerto dos familiares, tres criadas, cuatro pajes y una cabra. A la cabra la incluía porque había sido una muerte muy sospechosa y era una especie de mascota de la guardia del castillo. Todas las muertes parecían accidentes pero las probabilidades de que pasasen tantos en tan poco tiempo eran muy remotas. Uno de los pajes se había caído tres veces por una escalera. Consecutivas. La misma escalera. La cabra se había subido al árbol más alto del castillo y se había tirado… con una cuerda al cuello. Desde luego era sospechoso. La multitud de detalles que daba el hombrecillo era perturbadora y no paró hasta llegar al castillo.

El castillo… Era el primero que veía en mi vida. Más tarde he descubierto que no era de los más grandes. Si un niño pequeño dibujase un castillo lo haría como ese. Cuatro torres con sus almenas. Una gran puerta. Los niños siempre se olvidan de la gran torre en medio del patio. Si lo hubiese comparado con el Templo me hubiese dado cuenta que era diminuto. Pero claro, del Templo sólo se veía la puerta y… Está en una montaña. Una montaña ES grande. Pero en aquel momento aquel castillo me pareció lo más grande que había visto nunca.

La sombra de los muros nos atrapó en cuanto entramos al interior. Unas pocas antorchas iluminaban los pasillos, pero eran insuficientes para darle una verdadera calidez. Aquel ser vagamente humanos nos guió como un pequeño duende a través de salas y pasillos hasta llegar ante unas puertas de madera. Las abrió sin ningún tipo de ceremonia y entramos a las estancias privadas del conde, que se encontraba metido en una enorme cama, arropado hasta la barbilla y temblando. Cuando vio quien éramos consiguió encontrar la suficiente dignidad para incorporarse.
-¡Por fin! Bienvenida. Perdona que no me levante. Es peligroso.

Según se incorporaba vi como una mano salía de la pared y una espada que colgaba encima de la cama calló justo donde antes estaba su cabeza. El conde saltó de la cama y se refugió en mis brazos. Le miré sorprendida. Aunque sus ojos emanaban un pánico que rozaba la locura, la llama de su cabeza ardía con fuerza.
-Tranquilo. Todavía te queda mucho por vivir.
-No te confíes con los fantasmas-escuché la vocecilla de la conciencia, interpretada por Ka, a mi espalda.
-Muchas gracias sacerdotisa. Es un alivio. Aun así, permíteme que siga cerca de ti hermana…
-Llámame sólo Amy.
-Bienvenida a Baltikar. Yo soy Pete, el conde.
-Encantada. Podría…
-¿Has venido a librarnos del fantasma, sacerdotisa?-Continuó sin prestarme atención.
-Supongo…
-Bien, bien... Tendrás todo lo que requieras. No repararemos en gastos ni en esfuerzos para ayudaros.
-Por supuesto…
-Por supuesto, tendrás acceso a todo el castillo y Edwin estará disponible para vos en cualquier momento.
-Claro, pero…
-Pero querréis descansar para poneros en seguida con vuestra tarea. Os dejaré descansar mientras yo me quedo aquí… Seguro…
-Pero…

Me hicieron salir sin dejarme decir mucho más. Mientras salí oí agitación y los gritos del conde <<¡Sacad de aquí todos los objetos afilados!>>. Me sorprendió como alguien podía llegar a aquel nivel de preocupación.
-¿Qué te parece, cariño?-me preguntó Ka.
-Está loco. De terror.
-Sí. Suele pasar cuando todo un castillo quiere matarte y todo el mundo muere a tu alrededor.
-¿Por qué un fantasma querría hacer eso?
-Quién sabe… A lo mejor ni siquiera sabe que está muerto… Vas a tener que hacer algo, niña.
-¿Yo?
-¿Para qué te explico yo las cosas?
-Ya, ya… Soy la Muerte, ¿no?
-Exactamente. Nadie puede quedarse allí donde no debe estar. Cosas de la física. Cuerpos extraños. Resonancias cuánticas…
-Ka…
-Dime, cariño.
-¿Sabes que la mitad de las cosas que dices no las entiendo?
-Muchas de ellas no las entiendo yo. Después de haber vivido tanto tiempo escuchas muchas cosas. Algunas parecen tan complicadas que deben ser verdad.
-Ya… Pero la que tiene que encargarse del fantasma soy yo, ¿no?
-Eso es-confirmó asintiendo con gravedad.

Durante los siguientes días nos enteramos de la historia del castillo. Durante mucho tiempo el conde del asentamiento, Seigmour, convirtió un pequeño castillo en una próspera ciudad comercial, aprovechando las fértiles y extensas tierras de la zona. Bajó los diezmos, construyó edificios e incluso de vez en cuando se tomaba una cerveza con la gente que le rendía pleitesía. De repente, murió. No era viejo, ni estaba enfermo. Sólo murió. Su esposa murió sin darle hijos y sólo le quedaba un hermano, Pete, que ahora vivía aterrorizado.
Sólo Ka y yo podíamos ver la mano transparente que intentaba atentar contra los habitantes del castillo. Caballos desbocados que casi atropellaban a los mozos, salseras derramadas ante las escaleras e incluso cristales rotos en las letrinas. El conde no salía de sus aposentos en los que ya sólo quedaban la cama y dos sirvientes de confianza.

Los días pasaban a base de extraños sucesos y largos paseos. Cuando llegábamos al lugar de los hechos ya no quedaba nada que ver. Por suerte, parecía que con nuestra presencia al fantasma se le habían quitado las ansias de sangre. En ningún momento volvimos a ver al conde, que no salía ni dejaba entrar a nadie. Nuestra única compañía era Edwin, que a pesar de ser un hablador incansable, se las apañaba para contar siempre cosas entretenidas y nuevas sobre el castillo.
Volver a estar entre cuatro paredes estaba ayudando mucho con mi agorafobia. Era justo el punto intermedio que necesitaba. Un lugar cerrado en el que volver a sentirme segura, pero en el que no estaba prisionera. Desde ahí podía ir al pueblo y acostumbrarme al aire libre, a la gente, al ruido y a todas las nuevas sensaciones que estaba viviendo. Desde luego, dormir en una cómoda cama todas las noches no estaba haciendo ningún mal.

Finalmente, casi por casualidad, vimos como una figura, casi una sombra, atravesaba una de las librerías de la biblioteca del castillo. Al acercarnos no vimos nada extraño pero entonces nuestro extraño anfitrión parlanchín y cuasi humano apareció a nuestra espalda:
-¿Habéis descubierto los pasadizos?
-¿Los pasadizos?-le pregunté extrañada.
-Sí, el viejo conde solía pasear mucho por ellos. Decía que le ayudaba a pensar.
-¿Sabes cómo se entra?
-¡Claro! Todo el mundo lo sabe. Bueno, no todo el mundo. Todo el que trabaja en el castillo y quiere ir al pueblo sin permiso; las esposas y las “amigas” que quieren venir a hacer una visita; y creo que el lechero hace el reparto por ahí.
-Y… ¿Nos dices cómo?
-¡Ah, sí! Perdón.

Se acercó a uno de los libros y lo empujó con suavidad haciendo que toda la sección de la librería se abriese como una puerta. Se disculpó y se fue corriendo a hacer alguna tarea importante y urgente, dejándonos de frente a un pasillo oscuro y de piedra. Me recordó a mis últimas horas en El Templo.
Avanzamos lentamente, pasando por pasillos que cruzaban y sin saber muy bien a dónde íbamos. Ka se mantenía sorprendentemente callada.
-¿Te pasa algo, Ka?
-No-noté un tono extraño en su voz.
-¿Seguro?
-Niña… No te metas donde no te llaman.
-Tienes… ¿Miedo?
-¡No! Deja de decir tonterías.
-Ka…
-Son estas paredes. A las ánimas nos gustan los espacios abiertos. No soporto estar encerrada. Cállate y sigue andando.

No quise seguir insistiendo, pero era gracioso pensar que aquel ser de cientos de años de edad pudiese tener claustrofobia mientras que a mí me asustaba el exterior. Después de tanto meterse conmigo y obligarme a enfrentarme a ello, resultaba que Ka era igual que yo. Me lo apuntaría para una mejor ocasión.
Aquellos pensamientos desaparecieron en cuanto vimos algo que giraba una esquina y corrimos hacia ahí. Tras unos minutos llegamos a un cuarto completamente amueblado con una cama, un escritorio, un armario… Y sentado en la cama, una figura transparente, de un color azulado y sujetando una ballesta… Una ballesta muy real. Sólo llegue a escuchar una cuerda destensada antes de que todo se volviese negro.

Desperté en un lugar completamente blanco. No tenía muy claro si estaba de pie o flotaba. Parecía que el suelo era sólido y la vez que no había nada. Unas pisadas se acercaban y una sombra empezó a solidificarse ante mí. Cuando fue del todo visible sólo pude decir:
-Hola, Bob.
-Oh, Amy. Qué placer más esperado. ¿Tan pronto por aquí?
-Supongo que no lo he hecho muy bien como Muerte. Estoy muerta, ¿verdad?
-Que irónico. Pero no, no lo estás haciendo tan mal. Tampoco estás muerta ahora que lo dices.
-¡Me acaban de disparar una flecha!
-Sí, sí. He aprovechado la tesitura para hablar cinco minutos contigo. Pero… ¿De verdad pensabas que un palo de madera podía hacerte algo? Si todavía te hubiese dado en la rodilla tu aventura podría haber acabado… Creo que me estoy equivocando de historia. Últimamente no me separo del ordenador y se me mezclan las ideas. No paran de decirme que estoy desaparecido. Hay gente que dice incluso que he muerto.
-No tengo ni idea de qué estás hablando…-empezaba a aceptar que Bob estaba un poco loco y sólo había que dejarle hablar.
-Normal, a veces ni yo entiendo lo que digo. Me dejo llevar. ¿Qué tal te va?
-Me has obligado a ser la muerte, tengo un bicho mandón siempre conmigo y… ¡Ah, sí! Me acaban de disparar. No me va mal.
-Bien, bien. Así me gusta. Que hagas las cosas con ilusión.
-No has escuchado nada de lo que te he dicho, ¿verdad?
-Tienes toda la razón. Pero no te preocupes, ahora ya has descubierto algo nuevo. ¡No puedes morir! ¿No es maravilloso?
-Bob…
-Sí, sí. Sé que es extraño. Pero qué gracia tendría que un ser mitológico antropomórfico creado por la mente conjunta de la población humana desapareciese tan fácilmente.
-Entonces, ¿ahora qué?
-No esperes que cada vez que decidan matarte esté aquí para deleitarte con mi conversación. Desde luego, espero que intentes evitar en la medida de lo posible más accidente. Hay gente que acaba cogiéndole el gusto al dolor… No seas así. Me decepcionarías mucho.
-Acabaré teniendo el cuerpo lleno de agujeros…
-¡No, mujer! Espera, estoy dando por hecho que eres una mujer… Van a crucificarme por esto… No, eso era a mi hijo… Creo que he vuelto a liarme…
-Bob, ¡céntrate!
-Perdón, perdón. No te pasará nada. Te curarás de todas las heridas que te hagan. Ahora vuelve ahí y haz tu trabajo-dijo mientras me empujaba.

Sentí una sensación de caída que duró unos segundos. Estaba en el suelo. Notaba algo raro en el pecho. Al mirar vi a Ka intentando sacarme una flecha profundamente clavada. Poco a poco fui sintiendo dolor. Por lo visto era inmortal pero no insensible. Aparté al ánima de un manotazo y sin pensarlo mucho me arranqué la flecha con todas mis fuerzas. El latigazo de dolor fue intenso, pero pasó al poco. Cuando volví a mirar, ya no había herida y la túnica seguía de un blanco impoluto a pesar de un nuevo agujero que me tocaría arreglar.
-¡Eso ha dolido!-le grité al fantasma mientras me incorporaba.
-¡¡Mierda!! ¿Qué eres tú?-intentaba recargar su ballesta nerviosamente.
-Soy Amy. No vuelvas a dispararme. No es agradable.
-Y jodidamente inútil, por lo que veo.
-Eso parece. ¿Quién eres?
-Parker conde de Baltikar.
-¿Otro conde más? ¿Cuántos hay?
-Antiguo conde al menos. Desde mi muerte no se me da tan bien como antes dar órdenes.
-¿Entonces sabes que estás muerto?
-Claro. Atravieso paredes, soy de color azul y nadie puede verme. No hay que ser muy listo. Podrías presentarme a tu curiosa compañera. Sólo había visto un ánima en libros.
-¡Por fin alguien con dos dedos de frente!-exclamó Ka-. Me llamo Ka, encantada. Para ser un fantasma, empiezas a caerme bien.
-Gracias. Ahora-empezó dirigiéndose a mí-, vas a explicarme cómo cojones puedes verme y por qué te acompaña un ser de leyenda.
-Soy la Muerte y vengo a por ti-intenté usar mi tono más solemne.
-Llevo más de veinte años aquí y ninguna niñata va a sacarme. No hasta que acabe con ese malparido de Pete.
-Más respeto…-dije sin mucha convicción-. ¿Por qué quieres acabar con él?
-Porque asesinó a mi hijo. En vez de ser castigado, ahora es el conde.
-El anterior conde murió de muerte natural.
-Es natural que te mueras cuando te ponen veneno en la copa, eso es cierto.
-Pero, ¿por qué matas a otras personas?
-Bueno, si no puedo con él, tendré que hacer de su vida un puto infierno. Vivirá con miedo hasta que muera.
-Lo entiendo-intervino Ka-, pero quién ocupará el puesto de conde si Pete muere. No queda nadie que herede. ¿No es mejor que dejes que Amy te dé el descanso y haya estabilidad en Baltikar?
-Por encima de mi frío cadáver. Heredará ese chiquillo, el que es un poco raro que trabaja como paje… Nunca me acuerdo de su nombre… ¡Edwin!
-¿Por qué él?
-Pete puede ser imbécil, pero en el pueblo todos saben quién es su padre. Mi hijo no usaba estos pasadizos sólo para pensar.
-Aun si consigues tu venganza, ¿cómo podemos estar seguras de que vendrás con nosotras?
-Os doy mi palabra, si eso os vale.
-¿La misma palabra que has usado al jurar vengarte?-preguntó Ka.
-La misma.
-Entonces deja de intentar matarle y haz que Edwin reclame el trono.
-¿Ese chico? No sabría ni por dónde empezar.
-Solo no, pero el pueblo le apoyará. Siempre podemos darle un empujoncito entre los tres.
-Tal vez sea posible…

-Venganza-

Ciertos rumores empezaron a surgir entre los habitantes sobre un heredero perdido. Todos sabían a quien se referían pero nadie tuvo el valor de decirlo al principio. El conde pasaba los días encerrado y la falta de un líder aumentaba el desasosiego. El ambiente de descontento empezó a crecer. Era un enigma si el dirigente era consciente de ello.
Los criados del castillo, alarmados todavía por la ola de muertes, sospechaban de una intervención divina, que parecían señalar en mi dirección. Apareció una botella de veneno en las cocinas, que nadie recordaba que estuviese ahí. El cocinero acabó confesando entre lágrimas que el conde Pete le había coaccionado a que la mantuviese ahí. Creía alguien se habría deshecho de ella, pero ahora había vuelto a aparecer para torturarle con la culpa. Se ataron cabos. Las desapariciones de Pete a altas horas de la noche para reunirse en los jardines con personajes encapuchados, que todos habían creído cortesanas; su insistencia a revisar todos los platos de su hermano antes de que llegasen a su mesa, aunque no había sospechas de ningún peligro; se recordaron actuaciones parecidas antes de la muerte de la esposa de Seigmour; un largo etcétera apareció mezclado con invenciones y habladurías.

Observé todos estos acontecimientos con sorprendente frialdad. Desde el principio no me cayó bien el conde, pero no justificaba mi desapego ante la caída en desgracia de una persona. Cuando las hordas de aldeanos se levantaron para tomar el castillo, llevando en alzas a Edwin, les acompañé hasta las dependencias del conde. Al abrir la puerta vimos al conde en camisón sujetando una espada, prácticamente el único objeto que quedaba en la habitación aparte de la cama. Sólo yo podía ver una figura traslucida sonriendo en una esquina.
-¡Malditos plebeyos!-gritaba el conde-. ¿¡Os atrevéis a invadir mis habitaciones privadas!?
-Por lo visto asesinaste a mi padre… O eso dicen…-contestó Edwin dudoso.
-¿Tu padre?
-El conde… ¿Seigmour?
-¿¿¿Tú eres su hijo??? Jajaja. ¿Tengo que creérmelo?
-Idiota-sonó entre la multitud-. Todos lo sabíamos.
-¿Qué vais a hacer? ¿Matarme?

La turba empezó a avanzar furiosa y decidí intervenir.
-¡Gentes! ¿Sabéis quién soy?
-¡La sacerdotisa! Tu magia ha hecho que veamos la verdad.
-No debéis matar a este hombre-miré de reojo al fantasma, que parecía sorprendido-. Si le matáis no seréis mejor que él. Encerradle, exiliadle o ridiculizadle, pero no cometáis un asesinato del que podáis arrepentiros.
-¡Pero es un asesino!-sonó un grito entre la multitud.
-¿No es mejor que sufra el resto de su vida en la cárcel a darle un final rápido?-les repliqué.

Los gritos empezaron a dividirse en contra y a favor. Al menos los ánimos asesinos parecían irse calmando a favor de una buena discusión de taberna. Entre todos los ruidos sonó una voz:
-¡Parad! El conde intenta escapar. Atrapadle para que pueda tomar una decisión.
-¿Quién eres tú?
-Edwin, idiota. Me conoces de toda la vida. Si queréis que sea vuestro nuevo conde, al menos deberíais obedecerme. Yo digo que debe vivir.
-Pero…
-Debe vivir como el bufón del pueblo. Quiso llegar a lo más alto y lo que conseguirá será estar por debajo de todos. Será vuestro para que os riais de él y os divirtáis. Pero nada de matarlo, que ya nos conocemos…

Sorprendentemente, el tiempo demostró que Edwin era un dignatario capaz e inteligente, aunque difícil de mirar. Fuimos a hablar con Parker, el fantasma y le encontramos fumando pipa en la misma habitación en la que le vimos por primera vez.
-¡Ah, la sacerdotisa! Bienvenida. ¿Fumas? A mí ya no me sabe a nada pero me gusta recordar mi época de vivo.
-No, gracias. ¿Estás contento con el resultado?
-¡Demonios! Al principio no me convencía pero después de ver a Pete vestido de colorines, rebozado en mierda la mitad del día y vapuleado la otra mitad, contento es poco.
-Pues es hora de irse.
-¿Irse a dónde?
-Eso no lo sé. Al otro lado, supongo. No puedes seguir aquí.
-¿Decías en serio lo de la muerte?
-Por desgracia para mí, sí.
-Supongo que aquí no queda nada para mí. Aunque no me haya vengado personalmente, se ha hecho justicia. Es otro tipo de venganza. ¿Qué tengo que hacer?

Yo tampoco lo sabía muy bien, pero le miré a los ojos. De nuevo me invadió aquella extraña sensación. Veo una infancia de caballero llevando escudo y espada; viajando por lugares que nunca antes había visto. La guerra. Horrible, sangrienta y muy distinta de cómo nos la pintan en las gestas. El castillo que sirvió de premio a la victoria. Un hijo, el primero, tan esperado y amado por encima de cualquier otra cosa. Un hijo que se hace mayor y me llena de orgullo cuando hace que el pequeño castillo de la familia se convierta en un lugar hermoso y lleno de vida. La muerte de mi esposa. Hace años que la relación se enfrió, no es una perdida dolorosa. La muerte… No hay ningún camino después, demasiado atado a la realidad y al amor hacia mi hijo. Sólo quiero seguir viéndole crecer… Hasta que muere sin sospechas bajo el veneno de un mal hermano. Por último, unos ojos verdes y nada más…

Ha pasado casi un año desde el conde… Aprendí que no podía morir y vi un poco de la naturaleza humana. Un año en el que había visto la muerte de campesinos y señores; fantasmas perdidos en la tierra desde hacía cientos de años y que sólo repetían el mismo camino una y otra vez, asustando a los mortales; actos heroicos que modificaban el destino de las personas a pesar de que ella ya estaba preparada para llevárselos; tantas cosas… Pero había que continuar y ver muchas cosas más.

lunes, 16 de enero de 2017

Amy - Dos (1/2)


-Un paraje desolador-

Miré hacia arriba y vi una cara sonriente mirándome. Ya me había acostumbrado a aquellos enormes ojos rodeados de pelo.
-Hola, Ka.
-Despierta, niña. Es hora de marchar.
-Síiiii, tranquila.

A pesar de todo me quedé un rato más mirando aquel despejado cielo de verano. ¿Hoy hacía un año que había comenzado mi viaje? ¿Se cumplió ayer? ¿Sería dentro de una semana? Los días pasaban rápidamente yendo de un lado a otro y llevar la cuenta comenzaba a ser difícil. Disfruté del calor de los rayos del Sol sobre mi piel. Mi piel tenía ya un color dorado de pasar tanto tiempo a la intemperie. Mi túnica seguía tan blanca como siempre y yo… Bueno, yo había pasado por demasiadas cosas.

Recordé el miedo que me había dado el simple aire exterior. Aunque ver morir a la gente también cambia tu perspectiva de la vida. Eso, y descubrir que como Muerte que eres, nadie puede dañarte. No tardé mucho en descubrir esa y algunas otras cosas…

Llevábamos ya tres semanas andando de aldea en aldea y no había tenido que volver a hacerme cargo de ningún muerto desde entonces. Tampoco había podido dormir. El ruido del viento nocturno, los animales correteando, la luna apareciendo y desapareciendo en el cielo, el duro suelo… Pasaba las noches tiritando y odiando mi suerte, atemorizada entre las mantas. Todas las mañana despertaba con un sobresalto por los zarandeos de Ka, sin haber dormido apenas.
Lo único que me gustaba de aquella nueva vida era el agua. Meterse en un río o una charca de agua cristalina y helada era un placer indescriptible. Empecé a coger gusto a la brisa matinal que me ponía la piel de gallina. Era el único momento en el que podía dejar de pensar. Al menos hasta que volvía al camino, el polvo empezaba a pegarse a mi cuerpo y los pies empezaban a doler. No obstante los caminos estaban cada vez más llenos de gente y la compañía hacia el viaje más ameno. Nos juntábamos a familias que me contaban su vida. A monjes errantes que hacían su caminar descalzos buscando penitencia. A comerciantes con sus carromatos. En todos ellos vi aquella maldita llama que me recordaba la brevedad de nuestra vida. Para el universo podía ser justa aquella repartición, pero empezaba a dudar de nuevo que fuese el mejor sistema. Lo más importante de todo, volvía a dudar que estuviese hecha para este papel por mucho que me hubiesen entrenado en el Templo. El momento de la cabaña del anciano había pasado.
El Templo… Que lejano resultaba ya. Y cuanto lo echaba de menos. Echaba de menos sus paredes sin ventanas. La seguridad de sus salas y sus enseñanzas. Echaba de menos a Niss y al resto de mis amigas. ¿Las volvería a ver en algún momento? ¿Se habrían olvidado de mí? Ka no me había dado la oportunidad de despedirme. Me sorprendí intentando recordar sus caras, casi sin conseguirlo y me odié a mí misma. ¿Cómo podía olvidar tan rápidamente todos aquellos años en el Templo? ¿En qué me estaba convirtiendo? Tal vez fuese parte de este destino tan particular que me había tocado vivir. Tal vez ser la Muerte me daba la capacidad de distanciarme de todos mis seres queridos. ¿Acabaría de verdad siendo la Muerte? ¿Un ser oscuro e implacable?

Un cambio en el paisaje me distrajo, dejando que el Templo volviese a sumirse en el olvido. En el horizonte empezó a despuntar un castillo aunque tardamos más de dos días en poder ver el castillo de cerca. Se alzaba sobre una gran ciudad amurallada. No obstante, las puertas permanecían abiertas a todo aquel que quisiese entrar… y pudiese pagar. Era el tipo de ciudad en la que el comercio había sustituido a la guerra como fuente de ingresos. Sus murallas sólo servían como aduana y puesto de control para los indeseables.
-Ka… ¿Cómo pensamos pagar la entrada?
-¿Pensamos? Olvidas que nadie puede verme. ¿Desde cuándo una muralla ha detenido la llegada de la muerte?
-Ya me explicarás cómo.
-Chiquilla, ahora eres lo que eres.
-Entonces…
-Cariño, mira en tus bolsillos.

Hice lo que me indicaba y ante mi sorpresa escuché el tintineo de las monedas. En el Templo nunca habíamos necesitado dinero. Pensándolo bien… Nunca había visto a nadie traer provisiones ni cultivos de ningún tipo. La comida simplemente estaba ahí; y la ropa; y los muebles… Aquel dinero simplemente también estaba ahí. Se me hizo extraño sentir el tacto del metal entre mis dedos. Abrí la palma dejando al descubierto cinco monedas de plata llenas de tierra.
-Ves, niña. No tienes que preocuparte. Muere mucha gente sin que nadie reclame sus pertenencias. Todo ello, al final, es tuyo.
-¡Agh!-exclamé tirando las monedas al suelo-. ¡Es como robar a los muertos!
-No seas tan mojigata.
-Aún me queda algo de dignidad. No pienso usarlas.
-¿¡Qué sabes tú de dignidad!?-exclamó en uno de sus característicos cambios de humor-. ¿Has matado a ese hombre para quitarle las monedas de su cuerpo aún caliente? ¿Has tenido que robar para alimentar a tu familia? ¿Has tenido que venderte al mejor postor para sobrevivir? ¿Qué dignidad te has ganado? ¡Recoge el dinero!
-¡No! Sigue siendo robar-la gente empezaba a mirarme.
-Es el pago por tu trabajo. No eres una esclava a la que se la obligue a hacer las cosas. De donde venga el dinero es algo que sólo le corresponde a Bob decidir.
-¿¿¡¡Qué no me han obligado!!??-exclamé esta vez indignada-. Bob nunca me preguntó así que… ¡Lo dejo!

Me di la vuelta con la cabeza bien alta haciendo caso omiso a todos los que me observaban con cara perpleja. Para ellos sólo era una loca gritándole al aire. En ese momento ni siquiera me di cuenta de las risitas de los niños ni de los cuchicheos de los ancianos. Sólo podía pensar en lo enfadada que estaba. Irracionalmente sólo pensaba en volver a mi amado Templo. En lo desagradable que iba a ser el camino de vuelta durmiendo a la intemperie. En lo injustos que habían sido conmigo. Tan sumida iba en mi burbuja de ira que casi me choco con Ka, que de alguna manera me había adelantado. Baje la cabeza con mirada airada y sólo vi luces. El dolor llegó más tarde. Nunca en mi vida me habían abofeteado. Mucho menos me había abofeteado un ánima con toda la fuerza de su naturaleza mágica. Durante un segundo lo vi todo negro y estuve a punto de desmayarme. Conseguí controlarme y me centré lo suficiente como para darme cuenta de que estaba sentada en el suelo. Mi cara ardía como si me hubiesen puesto un ascua al rojo vivo en la mejilla.
-No te lo repetiré dos veces-escuché a través de un pitido en el oido la voz engañosamente calmada de Ka-, esto no es un trabajo que se pueda rechazar o elegir. El universo depende de ti y el mismo universo te devolverá con creces tu tarea. No seas tan idiota o ingrata como para rechazarlo. Ahora levántate, recoge lo que has tirado y entra en esa maldita ciudad antes de que decida darte otra lección.

La miré obcecada y me quedé en el suelo. No pensaba echarme atrás. ¡Qué se fuese a la mierda el universo! Yo estaba harta.
-¿Esas tenemos? Déjame enseñarte algo…

Sus ojos se clavaron en los míos y se repente todo a nuestro alrededor cambió. Un erial desértico nos rodeaba. Las grietas atravesaban el suelo como heridas en la faz del planeta. No había nubes, tan sólo un cielo rojizo y cubierto de polvo. Al fondo las montañas echaban humo por su cumbre.
-¿Sabes qué es esto?-me preguntó Ka sacándome de mi ensoñación.
-No…
-Es el mundo sin Muerte.
-Pero sin Muerte sólo puede haber vida.
-No te confundas, niña. Todo el mundo muere. La vida y muerte de las primeras criaturas consiguió que puedas respirar. La muerte de las grandes criaturas dejo paso a vuestra pequeña existencia. La muerte consigue que el mundo no se llene de vivos luchando por su minúsculo pedazo del pastel.
-¿Este mundo está muerto?
-No lo has entendido, querida. Este mundo no puede estar muerto porque nunca estuvo vivo. La existencia de la muerte implica la existencia de la vida y viceversa. Este mundo simplemente… Está.
-¿Yo tengo que traer el equilibrio a algo? Si no sé ni cómo es el mundo o quién soy yo. ¿Por qué yo?
-Ay, pequeña… Esa es la pregunta que se hace todo el mundo a lo largo de su vida-su voz sonaba triste y cansada-. No se dan cuenta que la pregunta correcta es “¿Por qué no?”
-¿Por qué no?-pregunté extrañada.
-Sí, por qué no intentarlo, por qué no probar, por qué no arriesgar, por qué no voy a ser yo… ¿Qué pierdes por intentarlo?
-¿Porque tengo miedo?
-Pues supéralo y sígueme dentro.

El mundo volvió a la normalidad según me giré para seguirla. La veía tan apesadumbrada que no supe como negarme. Había hecho más con un gesto de tristeza que con todas sus visiones. Me sumí en mis pensamientos. Algo que hacía mucho últimamente. Supongo que, al ser mi única realidad un ser pequeño y peludo al que nadie podía ver, tenía que desarrollar un rico mundo interior.
“¿Por qué no?”
¿Por qué no ser la Muerte? Porque era extraño y daba miedo. La Muerte era un ser de leyenda. Un ser oscuro que recogía almas para llevarlas al paraíso o a la perdición. No una chica vestida de blanco.
¿Por qué no coger las monedas del bolsillo? Porque habían pertenecido a alguien que ya estaba muerto. No me las había ganado.
¿Por qué no dejarlo todo? Volvería a mi vida de siempre. A lo conocido. Al Templo y la conocida seguridad.
Sin embargo… ¿Por qué no probar? ¿Dejaría que el universo se fuese al garete? (aunque tenía serias dudas de que eso fuese a pasar). Había conocido más del mundo en esas tres semanas que en toda mi vida en el Templo. Si lo pensaba bien… El Templo sólo era un sitio en el que me sentía a salvo y ya empezaba a disiparse en el olvido. Aquellas tres semanas hablando con la gente habían sido como años de enseñanzas, los baños matinales me habían descubierto la belleza del amanecer y las conversaciones con Ka una extraña visión del mundo. No sabía si quería perder todo aquello. Así que… ¿Por qué no probar?
Aunque seguía estando el tema de las monedas. No veía bien cogerlas. Era dinero de los muertos… Bueno, pues al demonio. Era la Muerte. Ya me había llevado sus almas –al menos alguien antes que yo- así que me llevaría también su dinero. Si iba a hacerlo sería con todo lo bueno y lo malo.

La mano del guardia me detuvo en seco. A mí y a mis pensamientos.
-Tú eres la loca de los gritos… No queremos problemas.
-Tengo dinero.
-Eso no resuelve tus gritos.
-Verás… He… “Sufrido” una muerte recientemente. Necesitaba desahogarme. Siento haber causado problemas.
-Si algo sucede en el interior de la ciudad acabarás en la cárcel, ¿entendido?
-Sí, señor.
-¿Cuáles son tus intenciones en la ciudad?
-Estoy de paso.
-Debería dejarte entrar gratis pero después del espectáculo que has dado…

Vi su mano extendida y con un suspiro deposité un par de monedas de plata en ella. En realidad, aquello debía ser tan normal que el soldado ni se molestó en disimular. Las mordió y las miró atentamente. Una extraña expresión se le dibujo en la cara.
-Esta moneda…
-¿Algún problema?
-Es muy  antigua. No es que no valga pero… Es raro encontrar una moneda así tan bien conservada-siguió hablando mientras yo seguía mi camino disimuladamente.

No obstante, el bullicio de la ciudad me detuvo. Había demasiada gente. Carros con caballos. Tiendas y tenderetes. Mendigos. Todos corriendo de un lado a otro como pollos sin cabeza. Todos con su llama encima de la cabeza. La ciudad parecía arder con toda aquella luz saliendo de las calles. Por un momento me mareé. Duró lo justo para ver una figura jadeante corriendo hacia mí. Si no se hubiese detenido justo antes de chocar conmigo me habría llevado de vuelta  fuera de la ciudad. Tardó unos segundos en recuperar el aliento antes de poder hablarme:
-Sacerdotisa… Ne… Necesitamos que… Vengas al castillo.

viernes, 13 de enero de 2017

Amy - Uno (2/2)


-La aldea-

                Era cierto. Estaba tan absorta en la conversación que al final había olvidado todos mis miedos y ni siquiera me daba cuenta del camino que llevábamos. A pocos metros comenzaba una pequeña aldea rodeada de campos de cultivo. La gente trabajaba agachada y sudando, gritándose unos a otros o en completo silencio. Nadie se dio cuenta de nuestro paso por allí. Todo lo que ellos veían era una persona que volvía de visitar El Templo. Ni siquiera mi túnica de sacerdotisa les llamaba la atención. Qué podía significar para ellos una simple túnica blanca.

                Las primeras casas nos envolvieron con su sombra, escasa pero gratificante después de un tiempo bajo el astro rey. ¿Cómo podían trabajar todo el día aquellas personas con aquella temperatura? Según nos adentrábamos más entre las viviendas empezamos a ver niños corriendo y jugando mientras eran observados por los ancianos. Tarde un poco en darme cuenta que era lo que no me cuadraba en aquella escena tan feliz.
                -Lo ves, ¿verdad?-me sorprendió la voz de Ka.
                -¿Qué es? No lo entiendo.
                -¿Qué ves?
                -Llamas, pequeñas llamas sobre sus cabezas.
                -¿Seguro que son pequeñas?-preguntó suspicaz.
                -Bueno… Los niños parecen tener luz propia, pero los ancianos… No, no puede ser…
                -Sí, Amy. Es exactamente lo que estás pensando.
                -La vida de cada uno... Pero… Ese niño…
                -Todo el mundo muere, pequeña. Acostúmbrate a ello.
                -¿No puedo hacer nada por evitarlo?
                -¿Tú? No, por supuesto que no. Sin embargo, recuerda que los humanos siempre queréis romper las reglas.
                -¿Quieres decir que ese niño podría salvarse?
                -¿Ese niño? No, claro que no, morirá debido a una enfermedad en pocas semanas. Pero no todas las vidas acaban de forma tan natural. A veces no estáis donde tenéis que estar. Pasa más a menudo de lo que supondrías. Te aconsejaría que no intentases provocar esas situaciones.
                -¿Por qué? Son humanos como yo, ¿no?
                -¿Crees que eres la primera que lo piensa? Siempre pasa lo mismo. Tú intentas salvar a alguien y acabas matándole con tu intervención. Hazme caso, niña, haz tu trabajo y nada más.
                -Pero…
                -Mira. Ya he vivido esto. Cada uno de vosotros lo ve de una manera distinta. Una campesina, una… siempre con su nosequé para segar en la mano… ¡En fin! Veía como se consumía el cuerpo de la gente. Cuanto más cerca estaban de la muerte más la parecían esqueletos andantes. Pero siguió haciendo lo que tenía que hacer.
>>Ahora que lo pienso… Nunca relacioné sus visiones con lo delgada que parecía al final, siempre con aquella túnica negra…
               
                Siguió mascullando por lo bajo sobre esqueletos y chicas durante un buen rato mientras me dejaba caminar sumida en mis propios pensamientos. ¿Llamas en la cabeza? Si este era uno de los privilegios de los que me había hablado Bob, no lo quería para nada. Me imagine viendo como la luz de todos los que conocía se consumía poco a poco. Yo lo observaba con una sonrisa en la cara y al final les cogía de la mano y me llevaba sus almas. Todo con esa sonrisa… Fría, despiadada, insensible. Por suerte un golpe en la cadera me sacó de mi ensoñación.
                -Vuelve al mundo de los vivos-no me hizo gracia aquel comentario. Debes aprender.
                -Sorpréndeme…-dije cansada de tanta regla.
                -Debes ser invisible. Sería muy raro que la familia de un moribundo te viese ahí plantada.
                -Pues yo no sé ser invisible.
                -No sabías. Ahora tienes que aprender. En esa cabaña va a morir un anciano dentro de una hora. Tu tarea será estar ahí para acompañarle al otro mundo.
                -Se suponía que tendría que ayudar a personas importantes.
                -¿Una persona que va a morir rodeada de su familia después de muchos años en este mundo no es importante?
                -No quería decir eso…
                -Sé lo que querías decir. Ahora ve ahí dentro y haz tu trabajo. Recuerda: sin que te vea nadie.
                -¡No sé qué hacer!
                -Sólo déjate llevar.

                ¿¡Invisible!? ¿Qué se había creído? ¿Qué era algún tipo de fantasma? Me senté lentamente apoyada en la pared de la cabaña. Pensé por qué me habían asignado a mí esta tarea. Nunca había visto morir a nadie. Había sacerdotisas en el Templo que se encargaban de cuidar de los muertos. A mí siempre se me habían dado mejor las tareas curativas. Prefería la vida, no la muerte. De pronto noté como algo me golpeaba los pies. Bajé la mirada y me encontré con una pequeña pelota hecha con trapos y unos diminutos pies de niño. Sonó una tosecilla. Miré hacia arriba y me sorprendió la escasa llama sobre la cabeza del niño que había visto antes. Me suplicaba su pelota con ojos llorosos.
                -Hola-le saludé-. ¿Cómo te llamas?
                -¡Hola! Soy Midt. ¿Me da mi pelota?
                -Sí, claro.
                >>Esa tos tuya suena un poco mal, ¿no?-le pregunté mientras le acercaba el juguete.
                -Naaaah, mi madre dice que estoy malito que me pondré bien en nada.
                -¿Sabes que significa esta túnica?
                -Pues…-el chico se quedó mirando al cielo pensativo y contestó muy satisfecho de sí mismo-. Llevas falda así que significa que eres una chica.
                -Ja ja ja. Noooo. ¿Sabes lo que es el Templo?
                -Claro. Todo el mundo lo sabe. No me estarás llamando tonto.
                -No, no. Si todo el mundo sabe lo que es… También sabrás quien vive allí.

                Durante un segundo miró hacia atrás cuando sus amigos le llamaron, pero él les lanzó la pelota y se giró de nuevo hacia mí. Tal vez para demostrar que no era tonto o simplemente porque le estaba interesando la conversación.
                -Las sacerdotisas. Son unas señoras buenas y amables que ayudan a la gente. Dicen que son muuuuuy viejas, pero yo nunca he visto ninguna.
                -Pues te equivocas en una cosa… Yo soy una de ellas y no soy tan vieja, ¿no?
                -Bueno… no muuuuuy vieja, pero…
                -¡Oye!-aunque lo dije sin estar realmente enfadada-. Pues esta señorITA vieja, te va a curar la tos. ¿Te parece bien?
                -¿Seguro?-preguntó desconfiado.
                -Por supuesto. Todo el mundo sabe que las sacerdotisas pueden curar a la gente. ¿O no?
                -¡Es verdad!
                -Pues ven aquí.

                El niño se acercó con una sonrisa y le puse las manos sobre la garganta. Cerré los ojos y en seguida noté como todo el cuerpo del niño aparecía ante mí como una luz brillante, con todos sus órganos, venas, sangre, células… Aunque… Sí, ahí estaba otra vez aquella llama, formando parte él. ¿Sería aquello a lo que llamaban alma? Antes no era capaz de verlo y había hecho esto mil veces. Daba igual. Como siempre, sabía perfectamente donde radicaba el problema. Las partes dañadas del cuerpo se me aparecían como sombras en medio de aquella silueta de luz. Hilos resplandecientes empezaron a salir desde mis manos hacia aquellas partes oscuras. Vi como la llama de su cabeza se iluminaba con más fuerza, pero no aumentaba. Entonces lo vi. En su estómago. Oscuridad. Negro como una noche sin luna. Incurable con mis poderes. Carne muerta e infectada. Apendicitis lo llamaban en el Templo, aunque nunca he sabido el porqué. Nadie había descubierto como resucitar aquella carne ya necrosada y unida a un cuerpo vivo.

                Me retiré con los ojos húmedos:
                -¿Te encuentras mejor?
                -¡Sí! Ya no me duele nada… Estás triste…
                -No. Era una tos muy fuerte. He tenido que pelear un poco. No te preocupes. Vete a jugar.
                -¡Gracias!

                Le observé correr hacia sus amigos para contarles lo que había pasado mientras me aguantaba las ganas de llorar. No era justo. Tener los poderes que tenía y a la vez saber que iba a morir…


-Mirar a la muerte a los ojos-

Me levanté como dormida y me dirigí a la entrada de la cabaña. Entré sin preocuparme de si mi presencia era extraña o no. En el centro de una de las estancias se encontraba un anciano en su cama. Sonreía. A su alrededor se agolpaban una procesión de hijos, nietos y familiares. Nadie hablaba. Su mera presencia bastaba, ya que el anciano parecía dormir. Me quedé en umbral de la puerta para no molestar aunque nadie se giró a mirarme. La cabeza del anciano parecía vacía sin su llama. No obstante, me pareció lo normal. Era lo que tenía que pasar. Aquel niño no había vivido nada. Este anciano había agotado la vida hasta la última gota. Vi el retorcido sentido de la justicia y el equilibrio del universo y, aunque seguía sin entenderlo, en ese preciso momento lo acepté.

Los ojos del convaleciente se abrieron y recorrieron la sala hasta posarse en los míos. Descubrí un brillo de reconocimiento. Parecía que me esperase. Durante un segundo vi su vida. Su infancia en la aldea. Su trabajo en los campos. Los viajes a caballo. La primera vez que había besado a una mujer. La primera vez que abrazó a su hijo recién nacido. La tristeza al ver morir a su hermano en un accidente. Su miedo irracional a las serpientes. La vergüenza de haber tenido una aventura. La película se ralentizaba. La muerte de su mujer. La aceptación de la muerte como una realidad. La larga espera mientras llegaba su turno, sólo feliz por los pequeños nietos a su alrededor. La mirada de La Muerte vestida de blanco en su misma sala de estar… Supe instantáneamente que era una visión que habíamos compartido los dos. Un último regalo de un anciano a su última amiga. Cuando volví a la realidad todo el mundo lloraba alrededor mío y la cama sólo contenía un cuerpo sin vida.

Salí de la estancia extrañamente serena. Ka me esperaba a la salida:
-¿Qué tal te encuentras, preciosa?
-Bien…
-No suenas muy convencida.
-No, en serio. Ha sido un momento… No sé… Me ha enseñado su vida.
-Nadie te ha enseñado nada.
-Pero…
-Has visto su vida, pero él no te ha enseñado nada. Recuerda que tú eres el paso hacia la otra vida. Toda su alma ha pasado a través de ti. Tienes que aprender a distanciarte de ellas o acabarán llevándote con ellas.
-¿Eso quiere decir que veré la vida de todas las almas que tenga que buscar?
-No lo hagas. Recuerda que este ha sido un viejo campesino. Aprende a no prestar atención a sus imágenes antes de que tengas que llevarte a un asesino o algo peor. Ahora niña, es hora de llegar a nuestro próximo destino. ¡Déjate de preguntas!


Ni siquiera podría haberla contestado. No sabía ni que pensar. Por un lado entendía lo que Ka quería hacerme entender, pero por el otro lado… Yo creía haber visto una parte del equilibrio del universo dentro de aquella cabaña. ¿Por qué la vida de aquel anciano era más importante que la de un asesino? Ante la Muerte todos éramos iguales, ¿no? Pues así sería. En mí vivirían tanto malvados como santos. Sus historias serían recordadas por igual. La expresión “mirar a la muerte a los ojos” tendría a partir de hoy un significado nuevo y místico. Al menos para mí. Para La Muerte. Pero según avanzaba las ideas se volvían más confusas en mi memoria y aquel momento de unión con el universo parecía desaparecer a cada paso que daba.