-La aldea-
Era
cierto. Estaba tan absorta en la conversación que al final había olvidado todos
mis miedos y ni siquiera me daba cuenta del camino que llevábamos. A pocos
metros comenzaba una pequeña aldea rodeada de campos de cultivo. La gente
trabajaba agachada y sudando, gritándose unos a otros o en completo silencio.
Nadie se dio cuenta de nuestro paso por allí. Todo lo que ellos veían era una
persona que volvía de visitar El Templo. Ni siquiera mi túnica de sacerdotisa
les llamaba la atención. Qué podía significar para ellos una simple túnica
blanca.
Las
primeras casas nos envolvieron con su sombra, escasa pero gratificante después
de un tiempo bajo el astro rey. ¿Cómo podían trabajar todo el día aquellas
personas con aquella temperatura? Según nos adentrábamos más entre las
viviendas empezamos a ver niños corriendo y jugando mientras eran observados
por los ancianos. Tarde un poco en darme cuenta que era lo que no me cuadraba
en aquella escena tan feliz.
-Lo
ves, ¿verdad?-me sorprendió la voz de Ka.
-¿Qué
es? No lo entiendo.
-¿Qué
ves?
-Llamas,
pequeñas llamas sobre sus cabezas.
-¿Seguro
que son pequeñas?-preguntó suspicaz.
-Bueno…
Los niños parecen tener luz propia, pero los ancianos… No, no puede ser…
-Sí,
Amy. Es exactamente lo que estás pensando.
-La
vida de cada uno... Pero… Ese niño…
-Todo
el mundo muere, pequeña. Acostúmbrate a ello.
-¿No
puedo hacer nada por evitarlo?
-¿Tú?
No, por supuesto que no. Sin embargo, recuerda que los humanos siempre queréis
romper las reglas.
-¿Quieres
decir que ese niño podría salvarse?
-¿Ese
niño? No, claro que no, morirá debido a una enfermedad en pocas semanas. Pero
no todas las vidas acaban de forma tan natural. A veces no estáis donde tenéis
que estar. Pasa más a menudo de lo que supondrías. Te aconsejaría que no
intentases provocar esas situaciones.
-¿Por
qué? Son humanos como yo, ¿no?
-¿Crees
que eres la primera que lo piensa? Siempre pasa lo mismo. Tú intentas salvar a
alguien y acabas matándole con tu intervención. Hazme caso, niña, haz tu
trabajo y nada más.
-Pero…
-Mira.
Ya he vivido esto. Cada uno de vosotros lo ve de una manera distinta. Una
campesina, una… siempre con su nosequé para segar en la mano… ¡En fin! Veía
como se consumía el cuerpo de la gente. Cuanto más cerca estaban de la muerte
más la parecían esqueletos andantes. Pero siguió haciendo lo que tenía que
hacer.
>>Ahora que lo pienso…
Nunca relacioné sus visiones con lo delgada que parecía al final, siempre con
aquella túnica negra…
Siguió
mascullando por lo bajo sobre esqueletos y chicas durante un buen rato mientras
me dejaba caminar sumida en mis propios pensamientos. ¿Llamas en la cabeza? Si
este era uno de los privilegios de los que me había hablado Bob, no lo quería
para nada. Me imagine viendo como la luz de todos los que conocía se consumía
poco a poco. Yo lo observaba con una sonrisa en la cara y al final les cogía de
la mano y me llevaba sus almas. Todo con esa sonrisa… Fría, despiadada,
insensible. Por suerte un golpe en la cadera me sacó de mi ensoñación.
-Vuelve
al mundo de los vivos-no me hizo gracia aquel comentario. Debes aprender.
-Sorpréndeme…-dije
cansada de tanta regla.
-Debes
ser invisible. Sería muy raro que la familia de un moribundo te viese ahí
plantada.
-Pues
yo no sé ser invisible.
-No
sabías. Ahora tienes que aprender. En esa cabaña va a morir un anciano dentro
de una hora. Tu tarea será estar ahí para acompañarle al otro mundo.
-Se
suponía que tendría que ayudar a personas importantes.
-¿Una
persona que va a morir rodeada de su familia después de muchos años en este
mundo no es importante?
-No
quería decir eso…
-Sé
lo que querías decir. Ahora ve ahí dentro y haz tu trabajo. Recuerda: sin que
te vea nadie.
-¡No
sé qué hacer!
-Sólo
déjate llevar.
¿¡Invisible!?
¿Qué se había creído? ¿Qué era algún tipo de fantasma? Me senté lentamente
apoyada en la pared de la cabaña. Pensé por qué me habían asignado a mí esta
tarea. Nunca había visto morir a nadie. Había sacerdotisas en el Templo que se
encargaban de cuidar de los muertos. A mí siempre se me habían dado mejor las
tareas curativas. Prefería la vida, no la muerte. De pronto noté como algo me
golpeaba los pies. Bajé la mirada y me encontré con una pequeña pelota hecha
con trapos y unos diminutos pies de niño. Sonó una tosecilla. Miré hacia arriba
y me sorprendió la escasa llama sobre la cabeza del niño que había visto antes.
Me suplicaba su pelota con ojos llorosos.
-Hola-le
saludé-. ¿Cómo te llamas?
-¡Hola!
Soy Midt. ¿Me da mi pelota?
-Sí,
claro.
>>Esa
tos tuya suena un poco mal, ¿no?-le pregunté mientras le acercaba el juguete.
-Naaaah,
mi madre dice que estoy malito que me pondré bien en nada.
-¿Sabes
que significa esta túnica?
-Pues…-el
chico se quedó mirando al cielo pensativo y contestó muy satisfecho de sí
mismo-. Llevas falda así que significa que eres una chica.
-Ja
ja ja. Noooo. ¿Sabes lo que es el Templo?
-Claro.
Todo el mundo lo sabe. No me estarás llamando tonto.
-No,
no. Si todo el mundo sabe lo que es… También sabrás quien vive allí.
Durante
un segundo miró hacia atrás cuando sus amigos le llamaron, pero él les lanzó la
pelota y se giró de nuevo hacia mí. Tal vez para demostrar que no era tonto o
simplemente porque le estaba interesando la conversación.
-Las
sacerdotisas. Son unas señoras buenas y amables que ayudan a la gente. Dicen
que son muuuuuy viejas, pero yo nunca he visto ninguna.
-Pues
te equivocas en una cosa… Yo soy una de ellas y no soy tan vieja, ¿no?
-Bueno…
no muuuuuy vieja, pero…
-¡Oye!-aunque
lo dije sin estar realmente enfadada-. Pues esta señorITA vieja, te va a curar
la tos. ¿Te parece bien?
-¿Seguro?-preguntó
desconfiado.
-Por
supuesto. Todo el mundo sabe que las sacerdotisas pueden curar a la gente. ¿O
no?
-¡Es
verdad!
-Pues
ven aquí.
El
niño se acercó con una sonrisa y le puse las manos sobre la garganta. Cerré los
ojos y en seguida noté como todo el cuerpo del niño aparecía ante mí como una
luz brillante, con todos sus órganos, venas, sangre, células… Aunque… Sí, ahí
estaba otra vez aquella llama, formando parte él. ¿Sería aquello a lo que
llamaban alma? Antes no era capaz de verlo y había hecho esto mil veces. Daba
igual. Como siempre, sabía perfectamente donde radicaba el problema. Las partes
dañadas del cuerpo se me aparecían como sombras en medio de aquella silueta de
luz. Hilos resplandecientes empezaron a salir desde mis manos hacia aquellas
partes oscuras. Vi como la llama de su cabeza se iluminaba con más fuerza, pero
no aumentaba. Entonces lo vi. En su estómago. Oscuridad. Negro como una noche
sin luna. Incurable con mis poderes. Carne muerta e infectada. Apendicitis lo
llamaban en el Templo, aunque nunca he sabido el porqué. Nadie había
descubierto como resucitar aquella carne ya necrosada y unida a un cuerpo vivo.
Me
retiré con los ojos húmedos:
-¿Te
encuentras mejor?
-¡Sí!
Ya no me duele nada… Estás triste…
-No.
Era una tos muy fuerte. He tenido que pelear un poco. No te preocupes. Vete a
jugar.
-¡Gracias!
Le
observé correr hacia sus amigos para contarles lo que había pasado mientras me
aguantaba las ganas de llorar. No era justo. Tener los poderes que tenía y a la
vez saber que iba a morir…
-Mirar a la muerte a los ojos-
Me levanté como dormida y me
dirigí a la entrada de la cabaña. Entré sin preocuparme de si mi presencia era
extraña o no. En el centro de una de las estancias se encontraba un anciano en
su cama. Sonreía. A su alrededor se agolpaban una procesión de hijos, nietos y
familiares. Nadie hablaba. Su mera presencia bastaba, ya que el anciano parecía
dormir. Me quedé en umbral de la puerta para no molestar aunque nadie se giró a
mirarme. La cabeza del anciano parecía vacía sin su llama. No obstante, me
pareció lo normal. Era lo que tenía que pasar. Aquel niño no había vivido nada.
Este anciano había agotado la vida hasta la última gota. Vi el retorcido
sentido de la justicia y el equilibrio del universo y, aunque seguía sin
entenderlo, en ese preciso momento lo acepté.
Los ojos del convaleciente se
abrieron y recorrieron la sala hasta posarse en los míos. Descubrí un brillo de
reconocimiento. Parecía que me esperase. Durante un segundo vi su vida. Su
infancia en la aldea. Su trabajo en los campos. Los viajes a caballo. La
primera vez que había besado a una mujer. La primera vez que abrazó a su hijo
recién nacido. La tristeza al ver morir a su hermano en un accidente. Su miedo
irracional a las serpientes. La vergüenza de haber tenido una aventura. La
película se ralentizaba. La muerte de su mujer. La aceptación de la muerte como
una realidad. La larga espera mientras llegaba su turno, sólo feliz por los
pequeños nietos a su alrededor. La mirada de La Muerte vestida de blanco en su
misma sala de estar… Supe instantáneamente que era una visión que habíamos
compartido los dos. Un último regalo de un anciano a su última amiga. Cuando
volví a la realidad todo el mundo lloraba alrededor mío y la cama sólo contenía
un cuerpo sin vida.
Salí de la estancia extrañamente
serena. Ka me esperaba a la salida:
-¿Qué tal te encuentras,
preciosa?
-Bien…
-No suenas muy convencida.
-No, en serio. Ha sido un
momento… No sé… Me ha enseñado su vida.
-Nadie te ha enseñado nada.
-Pero…
-Has visto su vida, pero él no
te ha enseñado nada. Recuerda que tú eres el paso hacia la otra vida. Toda su
alma ha pasado a través de ti. Tienes que aprender a distanciarte de ellas o
acabarán llevándote con ellas.
-¿Eso quiere decir que veré la
vida de todas las almas que tenga que buscar?
-No lo hagas. Recuerda que este
ha sido un viejo campesino. Aprende a no prestar atención a sus imágenes antes
de que tengas que llevarte a un asesino o algo peor. Ahora niña, es hora de
llegar a nuestro próximo destino. ¡Déjate de preguntas!
Ni siquiera podría haberla
contestado. No sabía ni que pensar. Por un lado entendía lo que Ka quería
hacerme entender, pero por el otro lado… Yo creía haber visto una parte del
equilibrio del universo dentro de aquella cabaña. ¿Por qué la vida de aquel
anciano era más importante que la de un asesino? Ante la Muerte todos éramos
iguales, ¿no? Pues así sería. En mí vivirían tanto malvados como santos. Sus
historias serían recordadas por igual. La expresión “mirar a la muerte a los ojos”
tendría a partir de hoy un significado nuevo y místico. Al menos para mí. Para
La Muerte. Pero según avanzaba las ideas se volvían más confusas en mi memoria
y aquel momento de unión con el universo parecía desaparecer a cada paso que
daba.
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