Bienvenidos


BIENVENIDOS

Hace tiempo se creó un blog llamado “La Taberna Ilustrada” entre tres amigos que querían escribir (bueno, y dibujar y actuar y, a veces, incluso usarlo para ligar). Tras un intenso periodo de actividad que duro aproximadamente tres semanas, en las que se crearon muchas cosas, por desgana o por despiste todo quedó en el olvido y nunca se recuperó. Aquí os dejo el enlace: La Taberna Ilustrada

Ahora uno de ellos, el que suscribe, lo ha resucitado en solitario. La intención no es otra que compartir las tonterías que puedan llegar a salir de mi cabeza (quizá obligar a que salgan); incluso convencer a alguno de los antiguos componentes que colaboren y suban un poco (tampoco mucho) el nivel del blog.

viernes, 13 de enero de 2017

Amy - Uno (2/2)


-La aldea-

                Era cierto. Estaba tan absorta en la conversación que al final había olvidado todos mis miedos y ni siquiera me daba cuenta del camino que llevábamos. A pocos metros comenzaba una pequeña aldea rodeada de campos de cultivo. La gente trabajaba agachada y sudando, gritándose unos a otros o en completo silencio. Nadie se dio cuenta de nuestro paso por allí. Todo lo que ellos veían era una persona que volvía de visitar El Templo. Ni siquiera mi túnica de sacerdotisa les llamaba la atención. Qué podía significar para ellos una simple túnica blanca.

                Las primeras casas nos envolvieron con su sombra, escasa pero gratificante después de un tiempo bajo el astro rey. ¿Cómo podían trabajar todo el día aquellas personas con aquella temperatura? Según nos adentrábamos más entre las viviendas empezamos a ver niños corriendo y jugando mientras eran observados por los ancianos. Tarde un poco en darme cuenta que era lo que no me cuadraba en aquella escena tan feliz.
                -Lo ves, ¿verdad?-me sorprendió la voz de Ka.
                -¿Qué es? No lo entiendo.
                -¿Qué ves?
                -Llamas, pequeñas llamas sobre sus cabezas.
                -¿Seguro que son pequeñas?-preguntó suspicaz.
                -Bueno… Los niños parecen tener luz propia, pero los ancianos… No, no puede ser…
                -Sí, Amy. Es exactamente lo que estás pensando.
                -La vida de cada uno... Pero… Ese niño…
                -Todo el mundo muere, pequeña. Acostúmbrate a ello.
                -¿No puedo hacer nada por evitarlo?
                -¿Tú? No, por supuesto que no. Sin embargo, recuerda que los humanos siempre queréis romper las reglas.
                -¿Quieres decir que ese niño podría salvarse?
                -¿Ese niño? No, claro que no, morirá debido a una enfermedad en pocas semanas. Pero no todas las vidas acaban de forma tan natural. A veces no estáis donde tenéis que estar. Pasa más a menudo de lo que supondrías. Te aconsejaría que no intentases provocar esas situaciones.
                -¿Por qué? Son humanos como yo, ¿no?
                -¿Crees que eres la primera que lo piensa? Siempre pasa lo mismo. Tú intentas salvar a alguien y acabas matándole con tu intervención. Hazme caso, niña, haz tu trabajo y nada más.
                -Pero…
                -Mira. Ya he vivido esto. Cada uno de vosotros lo ve de una manera distinta. Una campesina, una… siempre con su nosequé para segar en la mano… ¡En fin! Veía como se consumía el cuerpo de la gente. Cuanto más cerca estaban de la muerte más la parecían esqueletos andantes. Pero siguió haciendo lo que tenía que hacer.
>>Ahora que lo pienso… Nunca relacioné sus visiones con lo delgada que parecía al final, siempre con aquella túnica negra…
               
                Siguió mascullando por lo bajo sobre esqueletos y chicas durante un buen rato mientras me dejaba caminar sumida en mis propios pensamientos. ¿Llamas en la cabeza? Si este era uno de los privilegios de los que me había hablado Bob, no lo quería para nada. Me imagine viendo como la luz de todos los que conocía se consumía poco a poco. Yo lo observaba con una sonrisa en la cara y al final les cogía de la mano y me llevaba sus almas. Todo con esa sonrisa… Fría, despiadada, insensible. Por suerte un golpe en la cadera me sacó de mi ensoñación.
                -Vuelve al mundo de los vivos-no me hizo gracia aquel comentario. Debes aprender.
                -Sorpréndeme…-dije cansada de tanta regla.
                -Debes ser invisible. Sería muy raro que la familia de un moribundo te viese ahí plantada.
                -Pues yo no sé ser invisible.
                -No sabías. Ahora tienes que aprender. En esa cabaña va a morir un anciano dentro de una hora. Tu tarea será estar ahí para acompañarle al otro mundo.
                -Se suponía que tendría que ayudar a personas importantes.
                -¿Una persona que va a morir rodeada de su familia después de muchos años en este mundo no es importante?
                -No quería decir eso…
                -Sé lo que querías decir. Ahora ve ahí dentro y haz tu trabajo. Recuerda: sin que te vea nadie.
                -¡No sé qué hacer!
                -Sólo déjate llevar.

                ¿¡Invisible!? ¿Qué se había creído? ¿Qué era algún tipo de fantasma? Me senté lentamente apoyada en la pared de la cabaña. Pensé por qué me habían asignado a mí esta tarea. Nunca había visto morir a nadie. Había sacerdotisas en el Templo que se encargaban de cuidar de los muertos. A mí siempre se me habían dado mejor las tareas curativas. Prefería la vida, no la muerte. De pronto noté como algo me golpeaba los pies. Bajé la mirada y me encontré con una pequeña pelota hecha con trapos y unos diminutos pies de niño. Sonó una tosecilla. Miré hacia arriba y me sorprendió la escasa llama sobre la cabeza del niño que había visto antes. Me suplicaba su pelota con ojos llorosos.
                -Hola-le saludé-. ¿Cómo te llamas?
                -¡Hola! Soy Midt. ¿Me da mi pelota?
                -Sí, claro.
                >>Esa tos tuya suena un poco mal, ¿no?-le pregunté mientras le acercaba el juguete.
                -Naaaah, mi madre dice que estoy malito que me pondré bien en nada.
                -¿Sabes que significa esta túnica?
                -Pues…-el chico se quedó mirando al cielo pensativo y contestó muy satisfecho de sí mismo-. Llevas falda así que significa que eres una chica.
                -Ja ja ja. Noooo. ¿Sabes lo que es el Templo?
                -Claro. Todo el mundo lo sabe. No me estarás llamando tonto.
                -No, no. Si todo el mundo sabe lo que es… También sabrás quien vive allí.

                Durante un segundo miró hacia atrás cuando sus amigos le llamaron, pero él les lanzó la pelota y se giró de nuevo hacia mí. Tal vez para demostrar que no era tonto o simplemente porque le estaba interesando la conversación.
                -Las sacerdotisas. Son unas señoras buenas y amables que ayudan a la gente. Dicen que son muuuuuy viejas, pero yo nunca he visto ninguna.
                -Pues te equivocas en una cosa… Yo soy una de ellas y no soy tan vieja, ¿no?
                -Bueno… no muuuuuy vieja, pero…
                -¡Oye!-aunque lo dije sin estar realmente enfadada-. Pues esta señorITA vieja, te va a curar la tos. ¿Te parece bien?
                -¿Seguro?-preguntó desconfiado.
                -Por supuesto. Todo el mundo sabe que las sacerdotisas pueden curar a la gente. ¿O no?
                -¡Es verdad!
                -Pues ven aquí.

                El niño se acercó con una sonrisa y le puse las manos sobre la garganta. Cerré los ojos y en seguida noté como todo el cuerpo del niño aparecía ante mí como una luz brillante, con todos sus órganos, venas, sangre, células… Aunque… Sí, ahí estaba otra vez aquella llama, formando parte él. ¿Sería aquello a lo que llamaban alma? Antes no era capaz de verlo y había hecho esto mil veces. Daba igual. Como siempre, sabía perfectamente donde radicaba el problema. Las partes dañadas del cuerpo se me aparecían como sombras en medio de aquella silueta de luz. Hilos resplandecientes empezaron a salir desde mis manos hacia aquellas partes oscuras. Vi como la llama de su cabeza se iluminaba con más fuerza, pero no aumentaba. Entonces lo vi. En su estómago. Oscuridad. Negro como una noche sin luna. Incurable con mis poderes. Carne muerta e infectada. Apendicitis lo llamaban en el Templo, aunque nunca he sabido el porqué. Nadie había descubierto como resucitar aquella carne ya necrosada y unida a un cuerpo vivo.

                Me retiré con los ojos húmedos:
                -¿Te encuentras mejor?
                -¡Sí! Ya no me duele nada… Estás triste…
                -No. Era una tos muy fuerte. He tenido que pelear un poco. No te preocupes. Vete a jugar.
                -¡Gracias!

                Le observé correr hacia sus amigos para contarles lo que había pasado mientras me aguantaba las ganas de llorar. No era justo. Tener los poderes que tenía y a la vez saber que iba a morir…


-Mirar a la muerte a los ojos-

Me levanté como dormida y me dirigí a la entrada de la cabaña. Entré sin preocuparme de si mi presencia era extraña o no. En el centro de una de las estancias se encontraba un anciano en su cama. Sonreía. A su alrededor se agolpaban una procesión de hijos, nietos y familiares. Nadie hablaba. Su mera presencia bastaba, ya que el anciano parecía dormir. Me quedé en umbral de la puerta para no molestar aunque nadie se giró a mirarme. La cabeza del anciano parecía vacía sin su llama. No obstante, me pareció lo normal. Era lo que tenía que pasar. Aquel niño no había vivido nada. Este anciano había agotado la vida hasta la última gota. Vi el retorcido sentido de la justicia y el equilibrio del universo y, aunque seguía sin entenderlo, en ese preciso momento lo acepté.

Los ojos del convaleciente se abrieron y recorrieron la sala hasta posarse en los míos. Descubrí un brillo de reconocimiento. Parecía que me esperase. Durante un segundo vi su vida. Su infancia en la aldea. Su trabajo en los campos. Los viajes a caballo. La primera vez que había besado a una mujer. La primera vez que abrazó a su hijo recién nacido. La tristeza al ver morir a su hermano en un accidente. Su miedo irracional a las serpientes. La vergüenza de haber tenido una aventura. La película se ralentizaba. La muerte de su mujer. La aceptación de la muerte como una realidad. La larga espera mientras llegaba su turno, sólo feliz por los pequeños nietos a su alrededor. La mirada de La Muerte vestida de blanco en su misma sala de estar… Supe instantáneamente que era una visión que habíamos compartido los dos. Un último regalo de un anciano a su última amiga. Cuando volví a la realidad todo el mundo lloraba alrededor mío y la cama sólo contenía un cuerpo sin vida.

Salí de la estancia extrañamente serena. Ka me esperaba a la salida:
-¿Qué tal te encuentras, preciosa?
-Bien…
-No suenas muy convencida.
-No, en serio. Ha sido un momento… No sé… Me ha enseñado su vida.
-Nadie te ha enseñado nada.
-Pero…
-Has visto su vida, pero él no te ha enseñado nada. Recuerda que tú eres el paso hacia la otra vida. Toda su alma ha pasado a través de ti. Tienes que aprender a distanciarte de ellas o acabarán llevándote con ellas.
-¿Eso quiere decir que veré la vida de todas las almas que tenga que buscar?
-No lo hagas. Recuerda que este ha sido un viejo campesino. Aprende a no prestar atención a sus imágenes antes de que tengas que llevarte a un asesino o algo peor. Ahora niña, es hora de llegar a nuestro próximo destino. ¡Déjate de preguntas!


Ni siquiera podría haberla contestado. No sabía ni que pensar. Por un lado entendía lo que Ka quería hacerme entender, pero por el otro lado… Yo creía haber visto una parte del equilibrio del universo dentro de aquella cabaña. ¿Por qué la vida de aquel anciano era más importante que la de un asesino? Ante la Muerte todos éramos iguales, ¿no? Pues así sería. En mí vivirían tanto malvados como santos. Sus historias serían recordadas por igual. La expresión “mirar a la muerte a los ojos” tendría a partir de hoy un significado nuevo y místico. Al menos para mí. Para La Muerte. Pero según avanzaba las ideas se volvían más confusas en mi memoria y aquel momento de unión con el universo parecía desaparecer a cada paso que daba.

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